Si en la obsesiva carrera por tener un icono de la Bernarda el Ayuntamiento de Málaga hubiera cambiado la calificación de los cines Astoria y Victoria cuando estos se cerraron, nos hubiéramos ahorrado muchos disgustos, tiempo y el dineral de las sorpresas. Si ya entonces se quería que Norman Foster pusiera ahí un huevo de oro, es de lamentar que se le hubiera dado hilo a la cometa de la promotora BAENSA, en un dilatado trámite marca de la casa, para hacer uso de su legítimo derecho a edificar. En descargo municipal hay que decir que esa promoción residencial era imposible. El precio del suelo era tan alto que, o bien se construían allí casoplones fuera de la demanda malagueña o pequeños pero lujosos apartamentos para «yuppies», también improbables: Málaga, a pesar de ser el motor económico de Andalucía por méritos propios, todavía no daba para una «city» con un mercado pijo.

Tras esa decisión tardía, resuelta en una costosa expropiación, empezó lo que podemos llamar la maldición del Astoria, que es la de todos esos sitios preeminentes de las ciudades en los que cada quisque dice lo que hay que hacer, sacando el arquitecto o el urbanista que lleva dentro, como todos llevamos también un médico. Si todo ciudadano que se precie acarrea un proyecto bajo la axila, el hecho de ejecutarlo le contentaría a él, pero disgustaría a todos los demás, con lo cual esos lugares permanecerán eternamente bloqueados en el trámite de la participación pública, engorroso, sí pero fascinante, porque hay que ver lo que se aprende con ellos. Cómo hemos avanzado, cómo nos hemos enriquecido culturalmente desde aquellos oscuros tiempos del siglo XIX en que a los arquitectos y maestros de obras se les encargaban recatados edificios en vez de fulgurantes iconos. Afortunadamente no vivieron lo suficiente para padecer el desdichado anonimato al que les abocó su propia modestia, como los Strachan, los Cuervo, los Ribera Vera, los Rucoba, los Nepomuceno Ávila o los Daniel Rubio. Estos apocados artesanos construían casas según unos atirantados de calles previamente establecidos por juiciosos arquitectos municipales; en su simpleza no tenían conciencia de la «significación simbólica» del lugar, ni de la «permeabilidad visual» de las perspectivas, ni de las «suturas» de las tramas urbanas, ni de las «vaharadas de identidad histórica» que emergían del subsuelo…. Qué tiempos oscuros aquellos, carentes de la maravillosa prosa poética con que hoy los arquitectos elevamos a cotas sublimes el prosaísmo del fementido ladrillo. ¡Cómo es posible que haya sólo un arquitecto en la Real Academia de la Lengua con lo que estamos enriqueciendo el jardín del idioma castellano, hoy tan castigado!

Pero a cambio de renunciar a la nombradía esos arquitectos dejaron algo a las generaciones venideras: construyeron una ciudad de verdad y para vivir, porque en su provinciana limitación pensaban que las ciudades servían sólo para eso, para vivir. Pobres desgraciados. Qué lejos estaban de intuir que vendría una postmodernidad en la que vivir no fuera más que una representación del vivir, y las ciudades no fueran más que escaparates sin trastienda para satisfacer la demanda turística, permitiéndoles sacar la cabecita de ratón en la gran Bolsa del mercado urbano global.

Y en cuanto al Astoria…. ¡qué se puede decir que no hayan dicho ya los sabios de la tribu! Hemos aprendido que un sitio tan «emblemático» sólo puede ser ocupado por un cacharro de firma, costoso pero cultural, ¡siempre cultural!..., aunque no tengamos ni idea de para qué; hemos aprendido que las plazas tienen cuatro lados, pero también que hay algunas que tienen menos y otras más; pero que si mirando hacia el Oeste está el espíritu del siglo XIX, hacia el Este está nada menos que el espíritu nazarí de la Alcazaba, aunque haya sido desvirgada por un túnel estruendoso; que abajo, desde los dominios de la arqueología, emanan los efluvios de nuestra identidad sin la cual hemos estado errando durante siglos como almas en pena, lo que, entre otras cosas, ha debilitado nuestra energía colectiva hasta el punto de no saber qué hacer con el Guadalmedina, cómo acabar la torre de la Catedral, ni cómo conseguir que el Málaga vuelva a Primera. Estamos, pues, ante una encrucijada donde las fuerzas en conflicto tensan la solución del problema al borde del desgarro. En estos casos la respuesta suele venir de la mano de nuestros maravillosos poetas. La gran María Victoria Atencia escribía en su Estrofa 24: «¿Dónde hemos de asentarnos si hay cinco orientaciones cardinales y elijo con pasión la del vuelo?» Creo que estos bellísimos versos nos dan la pista: entre las tensiones concitadas en el lugar, de un lado, de otro y del subsuelo, -y todo ello con trifulca política, aspereza teórica y nuestra ya entrañable mala leche- aquí lo que procede es apostar apasionadamente por el vuelo, estableciendo la terminal de globos zeppelines que justamente Málaga necesita: una atracción hermosa, sostenible, respetuosa con el medio ambiente, un puente entre la materialidad urbana y la ingravidez de los sueños; unos balones silenciosos desde los que admirar Málaga como lo hizo el pintor romántico Alfred Guesdon y desde los que poder exclamar, a vista de pájaro y sin más eco que el de la brisa del viento acariciando tu cara…. «¡ahí os quedáis con vuestros putos iconos!»