En su vivienda ginebrina, los hijos de un muy buen amigo malagueño, políglota e ilustre ingeniero, hablan en español. Con un hermoso acento andaluz. En su colegio y con sus amigos hablan en francés. Estudian también inglés y alemán. Sus padres han tenido la sabiduría de aprovechar los años de infancia de los pequeños para ayudarles a absorber otros idiomas. Pues en esos primeros años de la vida el cerebro humano hace milagros en cuanto a su capacidad para poder entrar e instalarse cómodamente en los fascinantes mundos paralelos que al final son los otros idiomas.

Lo confieso: desde hace más o menos medio siglo, amo a Ginebra. Como la amé, hace ya unos años, con ocasión del referéndum que organizaron para someter a consulta popular la protección sin fisuras de las hermosas arboledas que rodean el lago. Una vez más los ginebrinos votaron con un ‘mix’ perfecto de decencia e inteligencia.

En la ciudad antigua, cerca del ayuntamiento, una placa conmemorativa nos recuerda que en el número 8 de la Grand’ Rue vivió Jorge Luis Borges. Me he permitido traducir del francés estas palabras del maestro porteño, las mismas que aparecen en la lápida: «De todas las ciudades del mundo, de todas las íntimas patrias que un hombre intenta merecer a través de sus viajes, es Ginebra la más propicia para la felicidad». No se equivocó el maestro.

¿Pueden llegar a ser esos otros idiomas tan fascinantes como lo son los otros mundos paralelos? Por supuesto que sí. Como los que mi mujer y yo nos encontramos hace ya muchos años en una calleja de Sidi Bou Said, aquel pueblo blanco y azul, no lejos de las ruinas de la antigua Cartago. Buscábamos una casa. Estaba ésta al final de una cuesta escalonada que subía hasta lo más alto del lugar. Allí fue donde en 1914 Paul Klee, aquel pintor alemán, nacido en Suiza, supo descubrir tantas cosas importantes. Como la luz mágica que solo el Mediterráneo puede hacer posible. En ella descubrió Klee una nueva dimensión. Donde los colores centelleaban, como planetas que se deslizaban por sabias trayectorias, ya liberados de las formas. La casa tenía forma de cubo. Dos plantas y una terraza. Las ventanas y un hermoso cierro de celosías estaban pintados en un azul que se sometía humildemente como espejo al color cobalto del cielo.

Los milagros de la luz… Recuerdo que en la capital de la isla de Cerdeña, Cagliari, hace ya mucho tiempo, hasta los desconchones de las casas en ruinas del barrio del Castello tenían elegantes tonalidades de color pastel. Las antiguas murallas que mandó construir allí la Corona de Aragón conservaban dos torres inverosímiles: tanto por su altura como por su solidez. La de san Pancracio y la del Elefante. Rodean aquellas defensas el barrio alto, donde en 1955 la Asociación de los Amigos de los Libros de Cagliari mandó colocar una lápida conmemorativa en honor de un escritor universal, don Miguel de Cervantes Saavedra. Surcó aquellas aguas del Mar Cagliaritano en septiembre de 1573, siendo un humilde soldado castellano, miembro de la expedición militar enviada a Túnez. La lápida evoca aquel momento con emoción y respeto.

Había tantas huellas españolas en la siempre fascinante Cerdeña… No muy lejos de aquel lugar, otro español ilustre, el arzobispo don Francisco María de Esquivel esperaba la llegada del día de la resurrección de la carne en su espectacular catafalco de mármol («Expecto donec venia imutatio mea»). Desde el que la efigie del ilustre prelado parecía seguir dominando la cripta de la catedral. El escultor cinceló con maestría el gesto y la barbilla voluntariosa de aquel poderoso príncipe de la Iglesia. El que fuera Arzobispo de Cagliari y Primado de Cerdeña y de Córcega. Al que me atrevo a desear el descanso eterno.