Lunes. De pronto, en la ciudad desierta, tertulia improvisada con cafés para llevar en la mano. Encuentro fortuito. Urge una tesis sobre cómo afecta la falta de restaurantes y bares a la conspiración política. El veterano político suelta una maldad ingeniosa. Sigue en forma.

Martes. «Hay experiencias que nutren pero la mayoría de los autores no han estado en contacto con el crimen», afirma el escritor Antonio Lozano, director de la Serie Negra de RBA. Joder. Saco de contexto la frase y concluyo que lo mejor para escribir noir es matar o que te intenten matar. O ser asesino o policía. Pero pardiez, dónde queda la imaginación. Dónde. Tal vez en el escenario del crimen. Hay escritores de vidas aburridísimas que han parido ‘Guerra y paz’ y gente de mal, emocionante y agitado vivir que están todo el día dándole vueltas en el folio a la misma novela y que melancolía y tal y la vida pasa y hay que ver las nubes y ayer se murió otra vaca. Por no decir que los que matan escriben fatal. Seguro. El mal escritor asesina argumentos. La verdadera renovación de la novela negra fue que el mayordomo no fuese el asesino. Todos tenemos un crimen que contar. No pocos autores confunden la originalidad con la forma en la que, al inicio de la novela, se encuentra el cadáver. Los asesinos en serie se van a Netflix. No falta gente a la que le resulta más fácil matar que escribir y también están los que es un crimen que escriban.

Miércoles. Mi hijo está viendo Garfield y a mí se me van los ojos a la pantalla. Odie se ha dado un golpe contra la pared y está con los ojos vueltos y como turulato. Garfield se ríe. Se ríe mi hijo y me río yo. Meto la escena en este diario y me da por pensar en el mecanismo universal de la risa. La risa que producen los golpes y caídas, los tropezones. De los demás, claro. Me levanto con la convicción de que no hay nada urgente, consciente de que esta tarde se irá y no volverá y me siento en el sofá. Garfield se apresta a comer una de esas lasañas que tanto le gustan. Nosotros abrimos una bolsa de bolitas de queso.

Jueves. ‘Grandes batallas en la pantalla’. Hollywood y la realidad de la guerra en la antigüedad, obra (Edaf) de Guillermo Díaz. Libro amenísimo y bien documentado que destila el amor que al cine le tiene (y a los cómics y a los textos periodísticos) Díaz. «Los espartanos no luchaban desnudos. Eran valientes, no tontos». Encontramos un análisis de Troya, 300, Gladiator, etc. Una disección de cientos de escenas que forman parte de nuestro imaginario y acervo. Me engolfo en su lectura (»las flechas raramente mataban a la primera y las muertes por shock al intentar sacarlas del cuerpo del herido eran frecuentísimas») y a la noche, no todo va a ser placentero, veo el debate de los candidatos a la Generalitat. Hay odio que serpentea por los atriles. Malencaramiento, falta de propuestas, cerrazón y peleas cruzadas. Hay gritos de «fascista» y la seguridad de que, como pasaba antes, quizás, no podrán irse luego a tomar un trago juntos. No ya por las restricciones. Por el encabronamiento. El oasis catalán lo han convertido en un lodazal. En el sueño se me mezclan las dagas de las batallas de Guillermo Díaz, las descalificaciones, una ligera lumbalgia y hasta un antojo de donut. Las batallas contra uno mismo también son épicas. A veces.

Viernes. El mundo se derrumba y nosotros sin vacunarnos.