Cada vez que se celebran unas elecciones me duermo al 87 por ciento escrutado. El 87 es un porcentaje ya amplio, que deja poco lugar para las sorpresas, pero la verdad es que alguna vez me gustaría llegar al 90. Pero nada. La otra noche con las catalanas, lo mismo. Al veinte por ciento estaba tan eufórico con una cervecita recién abierta. Al treinta y cinco saqué unas aceitunas y patatas fritas y ya al cincuenta fui cenando como un señor. Un señor interesado en la política y con el cometido además de escribir algún análisis luego. Con el sesenta y dos por ciento escrutado comenzó un ligero sopor. Ahí estaban Junts y Esquerra compitiendo a ver quién quedaba primero en el campo indepe y yo con las persianillas entornadas. Me dije, bueno, a ver si sale Illa y ya me entra un sueño que me imposibilite el insomnio, pero salió Pilar Rahola, que me puso de los nervios y me hizo llegar al 71 por ciento escrutado con un aceptable nivel de alerta. Comencé entonces a hacer zapping y a ver gráficos y proclamas, ruedas de prensa, agradecimientos a los militantes y hasta a Iceta amagando con bailar. Me dio por mirar el escrutinio y vi que la ventaja del PSC se iba consolidando. Al 76 por ciento. Ya estaba cerca. Estaba cerca yo de batir mi récord. Pero nada. De pronto noté que no sabía ni donde estaba, cosa que me suele pasar a menudo a mí y a los candidatos a unas elecciones que salen a valorar el resultado. Estaba en el sofá. Tuve aún reflejos para abrir un ojo y darle con el mando, que alcancé a duras penas, volumen a la tele. «Casi al 86 por ciento escrutado», dijo un locutor con inopinada camisa blanca, «la cosa aún tiene emoción». Fue la última brizna de conciencia para mí, amanecido seis horas después con un dolor de cabeza como autonómico, si bien las piernas me molestaban con un alto grado de independencia. La Vox si la tenía más rotunda. La televisión permanecía encendida y una señora estaba diciendo que había sido una noche emocionante. No sé para quién.