La sorpresa es el móvil de cada descubrimiento, me susurra Cesare Pavese. El avistamiento de una manada de perros abandonados de color azul en la ciudad rusa de Dzerzhinsk no nos deja salir de nuestro asombro; debe de ser cierto ese comentario que un visionario amigo me aseveró hace ya unos años: si no te sorprende nada insólito durante la jornada, es que no ha habido día. Este cardumen canino está refugiado en una antigua fábrica dejada en la citada urbe y su cambio de cromática azulada en el pelaje responde a una sustancia química -el sulfato de cobre- que aún habita entre los restos de este espacio desvencijado. Esta revelación, de forma repentina, me transporta al onírico cuento de García Márquez ‘Ojos de perro azul’, cuya trama narra la historia de un hombre y una mujer que se encuentran solo en sueños gracias a esa frase: ojos de perro azul. La pareja se ha ido conociendo a través de sus ensoñaciones, cada noche se sueñan; más tarde, al despertar, el hombre no recuerda nada mientras ella repite por todos los lugares por donde transita diciendo y escribiendo la seductora frase. El relato gravita en una búsqueda incesante del reencuentro por medio de las miradas. Si de sueños de encuentros escribo, uno de los más anhelados para un gran número de malagueños ha sido la vuelta de la actividad no esencial tras 10 días de cierre. Parafraseando al filósofo y teórico de la literatura George Steiner, las tabernas, bares y cafés de nuestras ciudades han desempeñado un papel fundamental en la cultura occidental, por ser sitios donde artistas e intelectuales de toda condición han aprendido, argüido y reflexionado las ideas a las que posteriormente dieron forma literaria en la soledad de sus moradas. Bares –todos tenemos alguno- entreverados con un entorno de complicidad frente a un vino, un par de cervezas o un café ardiente. Bien hallados ¡Salud!