Una calle abierta al sol, una venta en el camino, el mar por todas las esquinas, el sol por todos los campos, el trigo y la nieve, la claridad del mediodía, el silencio largo del principio de la tarde y los chiquillos jugando en la plaza.

El cumplido pésame al vecino, el hambre aún en las costuras de la memoria, la maleta de emigrante siempre hecha. La tragedia entre las manos, barroca y medieval, un romance de ciego cantado por un pícaro en cada esquina. Superviviente de sí misma, en la miseria y en la abundancia, en el luto y en la fiesta.

El aliento en octosílabos, la alegría y los amigos, la parada y el saludo, la calle y la taberna, siempre el día por delante y siempre también la noche.

El «conquistador torvo» que dejó el tesoro de su idioma al otro lado del mar, como dijo Neruda. La espada sobre el libro, el corazón sobre la cabeza, el viento enredando eternamente por las calles. Y la luz por todas partes, siempre la luz.

Todo eso es la sangre española. Íbera y tartesia y celta y fenicia y griega y romana y judía y árabe y visigoda y tres mil años de historia corriéndonos por las venas y por las penas. Así, para suerte o para desgracia. Nos nacieron españoles para aunar todas las contradicciones, todos los conflictos, todos los claroscuros, porque bien pareciera que nacemos para estar el uno frente al otro, «…el español terrible/ que acecha lo cimero/ con su piedra en la mano», como nos dejó dicho amargamente Luis Cernuda.

Y en medio de eso, una de esas noches que anda uno a vueltas consigo mismo, con sus pesares y sus demandas y no presta atención al mundo que le rodea, de pronto le saca de ese amniótico estado la rigurosa realidad de una muchacha vestida de falangista y profiriendo un discurso con las viejas palabras del odio: «Es nuestra suprema obligación luchar por España y por una Europa ahora débil y liquidada por el enemigo, el enemigo que siempre va a ser el mismo, aunque con distintas máscaras: el judío. Porque nada hay más certero que esta afirmación: el judío es el culpable», y añadiendo luego que esperaba «contar con la ayuda de muchas mujeres y hombres que, fieles a su sangre española y europea, quieren plantar cara a la decadencia de nuestra civilización».

Y entonces a uno le late una muy honda, muy española, muy antigua tristeza, viendo a esa muchacha, tan chiquilla aún, con su piedra en la mano, viviendo en el odio justo en la edad perfecta del amor. Y siente uno lástima y también, por qué no confesarlo, ese poco de miedo de quien espera la pedrada.