Hasta que el almanaque zaino de este 2021 no le ha puesto sus zarpas encima con la trituradora de emociones cotidianas trabajando a su máxima potencia, febrero venía a ser el único mes que todavía permanecía ajeno a la atmósfera de excepción que nos vemos abocados a respirar. Como no podía ser de otra manera, su latido también es un páramo que arrastra el caudal distorsionado de la insistente pandemia. ‘Febrerillo el loco’ ha regresado con silencios que no le pertenecen. Ha agachado su cabeza en cuanto sus oídos no han percibido, al volumen que merece, la sinfonía imprescindible del Carnaval. El combate de boxeo entre los dioses paganos y la cuaresma parece un homenaje postizo al sparring. Algunos nos hemos enterado un jueves que ya se le había dado pasaporte a los rituales del miércoles de ceniza. Incluso, saludamos con efectos retardados a la belleza de la estampa cíclica de los almendros en flor.

Más allá de unas elecciones profilácticas, la violencia, el runrún de la corrupción u otra polémica con la verde y blanca, febrero nos ha cantado noticias que han transportado el baño vigente de realidad hasta dónde más duele. Hasta esa cajita de música que guarda el paso alegre de la vida en el disco duro de nuestros corazones.

Febrero ha entonado un réquiem por las jarritas de cerveza y los montaditos con los que cumplíamos a rajatabla la dieta de la felicidad en el mesón Cortijo de Pepe. Su esquina en el epicentro picassiano de la plaza de la Merced había trazado una geometría suculenta, desde tiempos en los que no se celebraba al hijo universal. Medio siglo después, su portón ha estallado con la canción triste que raya ahora al tocadiscos herido de la existencia humana. Por muy tenaz que parezca el candado, mi memoria va a seguir atravesando su puerta. Y bajará sus escalones hacia el lugar de paso en el que, cuando vivían en Málaga, me esperaban Rafa Marchante y Francis Mármol. O me servirá el regreso de mi añorado Joaquín Martínez e imaginaremos ante su ajada pared el marco de uno de sus cuadros.