La vida, los sentimientos, el transcurrir del tiempo, los olores, los sabores y especialmente los colores adquieren una calidad mágica en un atardecer de invierno en Málaga. Un aura como de ensoñación, una especial dulzura, una cadencia en la que las horas parecen fluir como un ancho y caudaloso río, como un Nilo en nuestras almas, con la solemnidad y parsimonia que concede la convicción de que no es posible sentir una plenitud tal en ningún otro lugar. Sean cuales sean los problemas colectivos, o particulares, sean cuales sean las circunstancias que envuelvan nuestras vidas, el suave tono celeste del cielo ligeramente brumoso, la plácida serenidad de nuestro mar, que en esos momentos explica por qué todo -la filosofía, el teatro, las artes, el canon de la belleza, el derecho y todo cuanto merece que la vida sea vivida- nació aquí, todo eso disminuye cualquier circunstancia adversa que pueda aquejarnos hasta convertirla en insignificante. La más mínima estridencia resulta completamente ajena a momentos como los que intento describir, porque la serenidad y el sosiego nos invaden, mientras el ‘Melillero’ abandona lentamente y en silencio la dársena y con similar placidez el sol empieza a asomarse tímidamente tras la única torre que existe a la vista, la blanca Farola, que en las noches de nuestra infancia barría el mar con su haz de luz, como una escoba celestial, que señalara a Ulises los peligros que le acechaban en su camino a una Ítaca soñada.

Lo que pudiera parecer azar, o pura coincidencia no es realmente otra cosa que estar en el sitio adecuado en el momento preciso. El punto de observación es el bar de invierno del Club Mediterráneo en la agradable sobremesa de una deliciosa comida en compañía de tres personas cultas, divertidas, civilizadas, de conversación amena y amplios saberes. Carmen cuenta un viaje a la legendaria Samarcanda, la ciudad de vidriados azules en la ruta de la seda que cruza Uzbekistán en un helador febrero tan diferente de este nuestro, Juan Alberto nos explica el proceso de restauración hilo a hilo de una obra del arte universal, siguiendo el proceso de utilizar la acuarela para que en cualquier momento pueda volverse atrás sin problemas, Alfredo disecciona el mercado del arte en el mundo actual y comparamos a Jeff Koons con los clásicos alemanes, hablamos de la profundidad del aire en Velázquez y la elegancia de una mano de Felipe IV sujetando un guante, que en realidad son cuatro pinceladas y la imposibilidad de pintar un cielo como el que nos protege. Incluso nuestras risas acerca de hechos y situaciones más o menos actuales -porque no toda la conversación es tan trascendente- son amables y distendidas, ausentes de malicia, casi inocentes en esta tarde tan plácida, mientras unos chicos pasan remando acompasadamente por el interior del muelle y cientos de gaviotas revolotean altas planeando en vuelos circulares. El Club es un remanso de paz, los niños se preparan alborotados para hacer deporte y la historia de Málaga cuelga de sus paredes en fotografías, metopas y trofeos sobre la antigua madera de añejo barniz con un cierto aire de melancolía por un pasado glorioso y la nostalgia por un futuro que no termina de llegar.

Hoy se han empezado a relajar las medidas de seguridad, pero aún el miedo está presente. No hay mucha gente paseando. Lejos en el horizonte varias velas blancas parecen recordar a los cuadros de Hopper de veleros ausentes de vida. Gibralfaro, el imponente monte, aparece verde en todo su esplendor, interrumpida su belleza por el pecado capital del edificio construido en su falda de aquella manera. En la Caleta los chalets supervivientes recuerdan a las antiguas familias. Los tiempos pasados. Las altas palmeras washingtonias se elevan en los jardines en los que se mezclan plantas tropicales de lejanos países traídas a través de los mares, con parterres afrancesados y una cierta dejadez confusa típica de los jardines ingleses. El mestizaje de nuestra gente luce en todo su esplendor, producto de la mezcla de razas con resultados deslumbrantes. ¿Cuándo volveremos a ver los hoteles abiertos, con toallas playeras tendidas indebidamente en las barandas de las terrazas? ¿Cuándo podremos salir a tomar unas cañas al atardecer? ¿Cuándo volveremos a ser libres? ¿A estar sanos? ¿A reír sin melancolía? ¿A abrazarnos cuando nos encontremos y palmearnos las espaldas en un jubiloso «recotín, recotán» como siempre hemos hecho? ¿Cuándo podremos empujarnos y tocarnos y dejar de ser gélidos nórdicos y volver a ser escandalosos y gesticulantes latinos de hermosas cabezas y bocas hechas para los besos y hoy amordazadas? No nos damos cuenta, pero nos han cambiado nuestras vidas, nuestras costumbres, nuestras calles, nuestros ritos. El silencio sobrecogedor de nuestras plazas antes llenas de vida. Ya sé que es necesario hacerlo, imprescindible, auto exigible y auto imponible, obligatorio. Pero no olvidemos cómo somos, ni quiénes somos, ni cómo tenemos que volver a ser. No olvidemos nuestras tradiciones, nuestras fiestas, nuestra música, nuestro mundo tan ajeno al silencio y a los saludos japoneses y a los codazos.

Recuerdo cuando de pequeños nos enseñaban cómo saludar estrechando las manos, o besando la mano a una señora -aunque esto suene hoy casi como una herejía, es un bellísimo signo de civilización, que sigo practicando ostensiblemente con quienes sé que van a apreciarlo- pero también recuerdo los paseos con mi madre cogida de mi mano, cuando ya era muy viejecita y yo pensaba que debería hacer un molde en escayola de sus manos para cuando no estuviera, porque el tacto es tan vívido para la memoria como el olor…entonces nos sentábamos en cualquier chiringuito y ella pedía un bíter kas con boquerones en vinagre, algo tan prosaico, pero que hoy en la distancia insalvable del tiempo alcanza el nivel de algo sublime e imborrable. La memoria agradecida reviste de hermosura hasta los gestos más nimios y carentes de importancia. A veces siento sana envidia cuando oigo a algún amigo decir a su madre, mamá. Mi madre se llamaba Margarita, como la santa del cuadro del Parmigianino, la más excelsa obra, sin la menor duda, del patrimonio municipal, que pocos malagueños conocen y que permanece incomprensiblemente medio escondida y necesitada de una limpieza en una sala del MUPAM, entre varios objetos sin sentido, que la rodean en un ambiente cuasi surrealista. Y por cierto, ¡cuándo abandonaremos esta estúpida manía, o moda, o idiotez de los acrónimos, tan ajena a nuestra cultura? Con un idioma tan hermoso como el español y una historia como la nuestra, unir las iniciales de varias palabras para crear una nueva que no significa nada, es estúpido. Especialmente en el arte.

Mañana sábado -ayer para ustedes - le toca a Málaga. Barcelona y Madrid, después Valencia, después Sevilla. Ahora nuestra Málaga. Me refiero a ser destrozada por bandas de salvajes, también llamados radicales, o antifascistas, gente asilvestrada dirigida en la distancia por quien todos sabemos, que con la excusa de la condena de un delincuente, niño de papá rico y también con un gran historial en el daño emergente, destruyen todo lo que encuentran a su paso, pagado con verdaderos esfuerzos con el dinero de nuestros impuestos y que habrán de ser repuestos, una vez arrasados por los que nunca han trabajado, ni mucho menos cumplido obligación pecuniaria de clase alguna, de nuevo con el dinero que con tanta eficacia nos esquilman los poderes públicos incluso en tiempos de teletrabajo por la pandemia. Es asombroso que esto de la recaudación sea casi lo único que funciona en la administración en estos momentos en España. Estos individuos son los que componen esas tribus que se atreven a pedir impunemente «una moneda para la cultura» en diferentes zonas de la ciudad. Porque incluso hay quien los considera movimientos culturales sin el menor pudor.

Pero no perdamos la esperanza, entre otras cosas, porque es lo único que tenemos. Esperanza en un mañana mejor, en que los felices días del pasado volverán. La esperanza, ese «verde embeleso de la vida humana…» que escribió la inmensa Sor Juana Inés de la Cruz. De etapas peores ha resucitado nuestra ciudad. De una espantosa guerra de la que se ha cumplido un aniversario en estos días. De una desbandada y un hambre atroz. De riadas, de terremotos, de epidemias, de una filoxera, que arrasó nuestros campos y nuestros vinos, que hoy vuelven a resurgir gloriosos. Mientras tanto miren al mar, contemplen la naturaleza, caminen y paseen con las debidas precauciones, pero no desfallezcan. No podemos permitirnos la depresión, ni la desgana, ni el miedo, ni la derrota. Contemplen el cielo, la vida, manténganse erguidos en pie, no dejen que el cansancio, ni la abulia, ni el aburrimiento les doblegue. Y tomen como modelo a nuestra humilde pero orgullosa Farola, tan blanca, tan firme, aguantando temporales de levante, vientos y tempestades durante décadas y siglos. En pie. Sola, como debe seguir. Sola por mucho tiempo. Sin ninguna compañía que la avasalle.