Pues ya han vuelto a liarla los memos de siempre, amparados en sus estupideces de siempre, y con el aplauso de los de siempre. Muchas ciudades españolas se han preñado de disturbios a favor del tal Pablo Hasél, un delincuente condenado en múltiples causas judiciales como autor de delitos violentos. Y es que la reincidencia, a efectos penales, es lo que tiene: que te quedas sin beneficios procesales. Por tonto. Eso de que le han condenado por cantar es, sencillamente, mentira. Y quien se lo quiera creer merece ser objeto de las canciones del seudorapero. Ya saben, tiros en la nuca, bombas lapa, ser golpeados y torturados, etc. Y seguro que lo aceptarán encantados por imagen y semejanza de su gurú, porque, dentro de lo malo, los nefastos no son los que se lo creen y viven de forma más o menos consecuente, los que pasan el día sin mayor preocupación que elegir entre espantar las moscas o trincar el cartón de vino; los peores son los bobalicones que los imitan.

Usted o yo podríamos cagarnos en los muertos de Pablo Hasél, incluso desearle el peor de los fines, y estaríamos tranquilos porque nadie nos denunciará, porque si Hasél nos denunciase se le caería el chiringuito demagógico que sustenta su ascenso al martirologio neocomunista y tarado. Cosas del Código Penal, que precisa de la denuncia previa del agraviado puesto que la fiscalía no puede actuar de oficio. Así que Pablo, Pablito, Pablete, no sólo va a comerse bastantes meses de prisión (le acaban de caer otros 30 meses por amenazar y agredir a un testigo), sino que se ha convertido, él solito, en diana de todos los insultos, menosprecios y maldiciones habidas o por haber. Y él es el listo de la cuadrilla. Y todo gratis, oiga. Porque él, como dice el anuncio, lo vale.

«Desprecio profundamente a los que convierten la política en una cuestión de odio personal. Me gustaría que hubiera leyes para juzgar a gente como esta. Esta gente que ni se acerque a mí, no queremos tener nada que ver con gente cuyos problemas no son políticos, son de psiquiátrico», Pablo Iglesias dixit sobre Pablo Hasél en 2014, Furor Tv.

A pesar de ello no ha tardado en salir otro Pablo, Echenique para más señas, a alentar a las hordas que incendiaron las calles estos días. Y es que ya sabemos que el argentino tiene dos debilidades que le pierden: las causas putrefactas y hediondas, y que alguien le chupe la minga dominga. Mientras él está cómodamente apoltronado dictando soflamas contra el estado de derecho, una piara de desalmados, parapetados tras una falsa apariencia partisana de lucha por la libertad, pero realmente rendidos a la violencia irracional, quemaban mobiliario urbano y dañaban decenas de negocios de gente humilde y trabajadora que no tienen culpa alguna. Y todo sin motivo. Sin justificación. Sólo porque ellos, en su pequeño mundo y sus cortas luces, esperan cualquier excusa para liberar el caos reinante en sus insulsas existencias. Miles de muertos, miles de empresas en la ruina, miles de personas en el paro, y nadie levanta la voz. Condenan a un tío violento y reincidente que, además, desahoga sus sociopatías en amagos de canciones, y arde el país con el beneplácito del comunismo rancio. Todo por un tío cuyo mayor logro es rimar Borbón con cabrón. Lo que se ha perdido la generación del 27.

Así que, Hasél, desde aquí te lo digo. No te deseo ningún mal, pero ojalá te caiga una Constitución en las manos. Y la leas. Y la comprendas. Y la cantes. Pero bajito, para ti, como pa’ dentro. Que bastante coñazo has dado ya, y la gente de bien no está para eso. Ni en prosa, ni en verso.