Incluso aquellos que me conozcan por encima podrán fácilmente concluir que servidor no es mucho de quemar contenedores. Y es que, si me permiten evocar y parafrasear el cante aquel del tomate, la mata y la lata, ¿qué culpa tiene el contenedor? Dicen por ahí, en barras de bares y mentideros, o igual no, que, en la próxima revisión de la RAE, la definición de contenedor referirá en su segunda acepción la de aquel recipiente amplio para depositar residuos diversos y susceptible de ser quemado en protestas de índole diversa.

Con todo y a pesar de ello, éste que les escribe tiene más que claro que el libre ejercicio a manifestarse ha parado en seco incontables injusticias y traído consigo no pocas mejoras sociales a lo largo de la tortuosa escala de los siglos. Sin ir más lejos, un poner, a primeros del mes de marzo de 1930, aquel a quien llamaban Gandhi tuvo el impulso de echar a andar unos trescientos y pico kilómetros hacia el Índico para, simplemente, tomar un puñado de sal entre sus manos en lo que simbolizaba una violación del monopolio ejercido por la Gran Bretaña sobre la distribución de la sal india. El tipo fue encarcelado por ello, al igual que los sesenta mil imitadores que, sin resistencia alguna, también se dejaron arrestar. Ante semejante alud, el Gobierno y el virrey británico no tuvieron otra que agachar las orejas y liberar a los protagonistas de aquellas manifestaciones pacíficas que propiciaron la abolición del monopolio y que, además, sirvieron de antesala a la independencia de la India.

¿Y qué decir de la marcha sobre Washington en la lucha por los derechos civiles del sesenta y tres? El «yo tengo un sueño» de Luther King vino a ser escuchado por una muchedumbre pacifista de aproximadamente, afroamericano arriba, afroamericano abajo, trescientas mil almas: un pronunciamiento social con fuerza suficiente como para impulsar la ilegalidad de toda forma de segregación y la lucha por el voto negro. Pero es que allá por octubre del sesenta y ocho, unos setenta mil compadres, alemán arriba, alemán abajo, deciden arrejuntarse portando como arma una vela encendida a fin de protestar pacíficamente contra el régimen comunista en la República Democrática Alemana: un gesto que se multiplicó y extendió a lo largo de otras ciudades como una suerte de ritual que supo culminar con la caída del Muro de Berlín.

Algo más allá, en torno al ochenta y siete, la independencia nacional de los pueblos bálticos de Estonia, Letonia y Lituania respecto de la fallecida Unión Soviética fue propiciada por las potentes repercusiones mediáticas generadas desde el carácter pacífico de unas cadenas humanas que cantaban himnos patrios.

Y es así, en mitad de este contexto cultural y grandioso de la lucha social que entre los siglos nos envuelve y nos enseña, cuando brota la ya referida quema de contenedores que, hace tan sólo unos días, junto con la original pedrea de escaparates, protagonizaron en Barcelona los disturbios a favor de un tipo cuya entrada en el trullo pretenden delimitar desde unas rimas que, entre violencia machista y tiros en la nuca, emergen en consonante junto al apellido Borbón. Un tipo que, por lo visto, también lleva en su ajuar reincidencia penal y antecedentes por un delito de lesiones contra un periodista, amenazas a un testigo y otras perlas y medallas similares. Y es así, ¡oh, país!, en mitad de tales praderas, cuando hay quienes, desde la legítima libertad reivindicatoria, eligen lo punible para defender lo punible desde el asalto callejero y lo que parecen pretender vender, y habrá quien se lo crea, como una mera defensa de la libertad de expresión. Allá cada cual con su vergüenza propia, que yo guardo la mía, que no la ajena. Porque lo que sí que nos demuestra el testimonio indeleble de la Historia con mayúsculas es que, puestos a quemar contenedores, si es que los siglos de evolución reivindicativa humana, en sus múltiples e inteligentes variantes, no son capaces de inspirar otra alternativa, sería interesante, al menos, invertir unos minutos en discernir la entidad de la causa y de los mártires a los que uno se entrega y que nos echamos libremente a los hombros para que hablen por nuestra boca mientras nosotros encendemos el mechero.