Estos días apunto frases en mi móvil, frases del tipo: las secuelas siempre son inevitables. La voz afilada. El dolor es la antesala del pensamiento. No hay posibilidad de salirse de la ruta marcada. Un mapa a escala real tatuado para siempre en tu cuerpo. La cicatriz que se confunde con una marca de nacimiento. Las consecuencias de un tiempo herido y su inmortalidad. Sara, Rocío, Manolo, nosotros… Hay señales que nunca desaparecen. Apunto frases, así a lo loco, en cualquier momento, para esta columna que empiezo ahora: secuelas.

Se despertó en una cama distinta, con un sabor pastoso y metálico en boca y unas ganas inéditas de llorar. Recordó unos segundos después que era positiva en Covid-19 y la sensación al ver la PCR: pánico. Entonces comprendió que estaba aislada, notó que le costaba respirar y recordó aquello de que el dolor era la antesala del pensamiento. Notó que se ahogaba. «Era como si no hubiera casi aire en la habitación y tuviera que cazarlo con las manos», me dijo. El diagnóstico: cuadro de ansiedad. Una ansiedad que aún no se ha ido. Rocío piensa que este temblor no se irá nunca, jamás, y tiene miedo.

Cuando pasen los años y nos pregunten nuestros nietos sobre esta mascarada mortal, sospecho que algunos no sabremos distinguir entre la cicatriz y la marca de nacimiento. Las secuelas son inevitables, como un prólogo de la muerte. Secuelas físicas pero también psicológicas que nos durarán mucho tiempo, como señales que no desaparecen. Y tendremos que aprender a vivir con esa nueva carga, en ese nuevo estado gaseoso. Quizás sea, por fin lo sabremos, la verdadera nueva normalidad.

Hablo con Sara. Sara es fisio y tiene unas manos preciosas. Sara me cuenta que está tratando a muchos pacientes con «fatiga generalizada, dolor, parálisis e incapacidad funcional», y añade que aún no saben «si estas secuelas desaparecerán o si continuarán de una manera prolongada e, incluso, permanente». Sara dice palabras como secuela, permanente o pacientes, con una voz afilada como sus manos, y yo las escucho en negrita, o en MAYÚSCULAS, como si sus palabras pesaran más que las mías.

Todos sufrimos secuelas a lo largo del tiempo, heridas que se perpetúan: la muerte de una madre o, peor, de un hijo, el vacío de silencio de un amigo que no llama, la ausencia impertinente de una amante, los secretos perdidos por errores de cálculo, la mirada envejecida devuelta del espejo, las noches desveladas tras aquel accidente de tráfico… Secuelas como un mapa a escala real tatuado para siempre en tu cuerpo. Las secuelas a veces se quedan y, otras veces, parecen desaparecer. Creo que solo lo parece. Son las consecuencias de un tiempo herido y su inmortalidad.

Hablo con unos y otros, y siento una alargada sombra en todos, secuelas que empiezan a despuntar en cada gesto y palabra. Un tipo de secuelas prolongadas o permanentes, ya veremos, pero secuelas reales. A veces no sabemos ponerle nombre pero todos notamos el cansancio, la desmotivación, la preocupación, la falta de abrazos, los efectos del aislamiento, la frustración o esa costosa tristeza de la que no consigues despegarte. Se nos está haciendo largo. Sin pasar el Covid ya lo estamos pasando y sus consecuencias reales las desconocemos.

Manolo sufre anosmia. Manolo me dice que el café del desayuno se ha convertido en agua caliente. Lleva 10 meses sin olfato. También sufres severas cefaleas. Cristina tiene necrosis, le llaman COVIDPiel. Ángel, miocarditis, y ha leído que puede devenir en muerte súbita. Carlos, embolia de pulmón, como Sara, nuestra primera historia, cuyo síntoma principal es la dificultad respiratoria –como si tuviera que cazar el aire con las manos-.

Nos enfrentamos a un tiempo duro. Falta un largo trecho. Los retos van a ser colosales. Además, de superar esta tercera ola y las que vendrán, habrá que vacunar a millones de personas y recuperar la normalidad en la actividad clínica y económica. Y antes o después aflorarán las secuelas, como certezas inexactas, y habrá que hacer frente a una parte de la sociedad desconcertada y asustada y al ejército de pacientes con perfiles muy dispares cuyo único antecedente común es haber pasado, o sospechar haberlo hecho, la infección por SARS-CoV-2. Atentos.