De todo cuanto se ha escrito acerca del intento del golpe de Estado del 23F, e incluso de todo cuanto se ha escrito sobre las algaradas callejeras tras el encarcelamiento de Pablo Hasél, me sigo quedando con lo escrito hace un tiempo por Javier Cercas en Anatomía de un instante (2009), esa asombrosa recreación entre lo periodístico y lo novelado que desmenuza la asonada que secuestró durante 18 horas el Congreso de los Diputados hace ahora 40 años. Escribe Cercas: «Nadie en la universidad donde estudiaba -ni en aquella ni en ninguna otra universidad- hizo el más mínimo esfuerzo por oponerse al golpe; nadie en la ciudad donde vivía -ni en aquella ni en ninguna otra ciudad- se echó a la calle para enfrentarse a los militares rebeldes: salvo un puñado de personas que demostraron estar dispuestas a jugarse el tipo por defender la democracia, el país entero se metió en su casa a esperar que el golpe fracasase. O que triunfase». El final de aquella intentona es de todos conocido.

Quienes conozcan esos detalles de nuestra historia reciente podrán pensar que la sociedad de 1981 era un hatajo de cobardes. Nada más lejos. El camino por el que transitan los valientes y los cobardes está separado por una mediana de prudencia y sentido común. Que una sociedad se lance a la calle a protestar temerosa de que los poderes del Estado amenacen derechos fundamentales es muy de alabar siempre que la democracia la proteja, sobre todo si se trata de la libertad de expresión, aunque sea a mayor gloria de un rapero mediocre y peleado con las más elementales normas de la métrica y el endecasílabo. La algarabía de la última semana dejó de tener sentido al cabo de la segunda protesta, cuando quienes salieron a la calle de buena fe entendieron que prender fuego a los contenedores o asaltar tiendas de lujo poco tenía que ver con la protección de las libertades. El IRA bautizó a guerrilleros de este pelaje como la ‘brigada Armani’, paramilitares de escaso fuste ideológico y sin referentes intelectuales en los que mirarse y a los que encandilaba una buena corbata robada en mitad de un pillaje. Aquí ya no quedan Cohn-Bendit ni Jean Paul Sartre que marquen el camino. En la segunda noche de disturbios, los centros de las grandes urbes se poblaron de saqueadores de productos de Gucci y Hugo Boss, una contradicción tan surrealista como esperar que alguien haga un rap alabando la haute couture.

Que hace 40 años no saliera una turba para parar a Tejero y que en los últimos días hayan vandalizado en las capitales los brigadistas de Tommy Hilfiger no convierte en cobarde a aquella sociedad ni en más valiente a ésta. Es la democracia, estúpido. La diferencia entre 1981 y 2021 radica en que salir a la calle esa noche representaba exponerse a caer bajo la oruga de un carro de combate. Con la excepción del foam que con tanta alegría disparan los mossos (donde ponen la bala sacan un ojo), las protestas de 2021 se fundamentan en el propio régimen democrático que las ampara. Afortunadamente.

Desde la revuelta del 2 de mayo de 1808 contra los franceses, cuando el pueblo de Madrid se alzó contra la ocupación y cayó aplastado, pasando por la resistencia popular frente al levantamiento del 36, en que medio país se rebeló en armas para acabar aplastado igualmente, España ha aprendido a medir el calibre de sus protestas en pos de un éxito tan solo probable. En tiempos de tiranía, la sociedad prefiere echar mano de la prudencia y quedarse en casa midiendo tiempos, calibrando estrategias y escuchando a sus líderes. Hasta hace muy poco, el pueblo vasco miraba hacia otro lado durante los casi 50 años de dictadura etarra. Alzar la voz podía costarte el rechazo de tus propios vecinos o, en el peor de los casos, un tiro en la nuca. Como sabemos, de aquello no salió vencedora la kale borroka, sino las sociedades vasca y española. Lo fácil, por tanto, (que no lo valiente) es protestar en democracia, sabedores de que hacer la revolución compensa las consecuencias legales de nuestros actos. Si una adolescente sin cultura ni memoria histórica entendió al revés La Lista de Schindler y lo proclama, es porque se lo permite un régimen construido por la misma ciudadanía que se quedó en su casa el 23F.

A día de hoy, con más estabilidad y menos riesgos para la seguridad del Estado, se echa en falta una clase política como la de hace 40 años. En la mañana del 24 de febrero de 1981, un exministro de Franco se plantó ante Tejero. «Prefiero morir con honra que vivir con vilipendio», espetó al guardia civil. Difícilmente encontraremos la palabra ‘vilipendio’ en una canción de Hasél o en el repugnante discurso de la niña antisemita. Frente a personajes como Fraga, aquel Felipe de los 80, Suárez, Gutiérrez Mellado o Carrillo, tenemos ahora una turbamulta de tuiteros que a falta de máster se han sacado la carrera de político a golpe de pulgares. Los Echenique, Cantó, Girauta o García-Egea son agitadores profesionales con un teléfono en la mano, más cobardes que sus predecesores, valientes solo para echar queroseno al discurso de sus rivales secundados por algún pirómano 2.0 en las redes sociales. Pero incluso ese tipo de clase dirigente está protegido por la democracia y las normas constitucionales. La moraleja no es la de quedarse en casa sin hacer nada, sino saber cuál es el mejor momento de hacerlo. Recordemos la formidable revolución que supuso el 15M. La propia democracia les invitaba a hacerlo. Lo de la evolución de la clase política ya es simple darwinismo.