Sí; mira, me lo acabo de comprar. Tiene todos los extras», le espeta con una sonrisa forzada a su vecina la dueña del flamante Citröen matriculado en ‘L’, mientras mete la última bolsa de la compra en el maletero a la par que pulsa el botón que hace que el portón se cierre como por arte de magia. «Muy bonito, hija mía ¡Has hecho muy bien; la vida son dos días!», le responde la señora en un mix emocional contradictorio: Se ve que quiere otro, pero sin tener que pagarlo a letras.

Lo pienso de camino a la farmacia más cercana barruntando otras conversaciones sobre hedonismos varios que no paran de resonar en las esquinas, corrillos de peluquería o susurros de caminata larga hacia el ocaso de las rutas del colesterol. Una cita más vieja que matusalén que emanó de la boca de un genio -Hipócrates: ‘Ars longa vita brevis’-; simplificada y trivializada por la pandemia para adaptarla a las prisas de las redes sociales y al andar por casa: «La vida son dos días». Si la frase estrella de 2020 fue la del «año de mierda»; la de 2021 está siendo este clásico recortado al gusto y que, tras las piezas informativas de los telediarios llenas de negros augurios, parece empujarnos a la acumulación de caprichos y bienes materiales; que como todos sabemos es la solución a los males de este mundo.

Un amigo comentaba este verano en la antesala de uno de esos bucólicos atardeceres del Algarve que el mejor momento de la compra en el nuevo mercadillo esclavista de Amazon es el de la llegada del repartidor con el sobre de cartón. «El instante en el que tus dedos tiran de la cinta de precinto», decía, para acceder a la recompensa de ‘chichinavo’ que guarda en su interior. Léase funda de móvil o un bolígrafo con punta de color. Con esto nos conformamos. En fin... Estos días me acuerdo mucho de Freud, de Carl Gustav Jung y hasta del Dalai Lama. El problema es que al instante siguiente se me olvida y me veo buscando cualquier ‘tontería’ por Ebay o incluso en la cueva esa de ‘Ali Babá’ -Ali Express-; un chisme que luego llorará sólo en el trastero. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Digo esto porque el otro día cuando comencé a leer titulares y declaraciones orgásmicas de algún ministro con menos conocimiento que Cañita Brava; personajes con responsabilidad -se supone-, ya fritos por descorrer los cerrojos con las UCI aún calientes -a ver, que yo soy el primero que quiero correr libre -, me vino a la mente la cuestión de la cita de Hipócrates sintetizada al gusto de los tiempos modernos -no los de Chaplin- tras pasar por la Thermomix. Y piensas: «Madre mía… ¿en serio? ¿de verdad? ¿es cierto? ¿puede ser?». Y sí; claro que puede ser. La era de la conectividad, la interactuación digital, los ligues de banda ancha, la digitalización sexual y toda esta parafernalia del ‘baile del birli-birloque’ nos está haciendo más gilipollas -con perdón- y nos está llevando a perder el poco sentido común que nos quedaba. Los discursos duran dos segundos y si no te gustan mis principios te saco otros del cajón -cito a Groucho- o me cambio de sede; que es para llorar o descojonarse; según se mire.

La vida; al menos la de últimamente, cada vez me recuerda más al guión de una peli de Woody Allen, pero en cutre. Neuras, aceleros, ansias, copas rápidas con alcohol adulterado, infidelidades despojadas de glamour y gracia… En fin; lo mismo, pero sin la fina ironía y la gracia única y mordaz del maestro de Brooklyn.

Yo creo que todo se reduce a un tema de culpa y prisa. Culpa mal traída, mal gestionada, mal resuelta; culpa no asimilada por el sistema nervioso. Es un gran tema; una eterna cuestión que ni los más grandes pensadores han logrado resolver. Da igual que sea la tuya o la del otro. La cuestión es echarla fuera y colocarla lejos. Un día puede ser la ‘poli y el rap’; al otro los botelloneros o el jefe o el compañero o el vecino o el conductor… Somos armatostes infantiles movidos por una pulsión primitiva a la que no encontramos respuesta. Y ya os aventuro lo que viene tras el verano. Un experto lo ha dicho: «Una especie de felices 20, pero no con Charleston; sino en plan postureo tipo ‘Sodoma y Gomorra’ y mucho selfie de Instagram».