El viaje de Marbella hasta Málaga en esa mañana de finales de marzo había sido muy agradable. El tiempo era magnífico y los campos estaban mullidos y verdes gracias a las recientes lluvias. El amarillo de las mimosas se extendía ya por las colinas. La noche anterior había leído el famoso párrafo que Marina, la nieta de Picasso, le había dedicado a su abuelo en su bien afilado libro, “Grand-père”. Lo cito: “Picasso, ese abuelo prohibido que yo había visto en alpargatas, vestido con unos viejos shorts y una camiseta agujereada, ese español infinitamente más anarquista que comunista, nunca hubiera podido imaginar que un día - aparte de su pintura – su nombre se convertiría en una máquina de hacer dinero.”

“Picasso, ce grand-père interdit.” Confesaba Marina Picasso que ella no soportaba ver el nombre de su abuelo, también el suyo, en los escaparates de las perfumerías, de los joyeros, en los ceniceros, en las corbatas, y sobre todo en las espantosas y descerebradas camisetas.

Me preguntaba cómo sería mi regreso al admirable Museo Picasso de Málaga. Al fin y al cabo lindaba éste con los Agustinos, mi antiguo colegio. Y al final de la calle, a los pies de la catedral estaba el hermoso edificio de la clínica Gálvez, donde muchos malagueños habían venido al mundo. Era todo como una colección de ilustraciones para un amable ejercicio de literatura costumbrista. Me habían invitado muy generosamente los responsables del museo a una visita especializada con un grupo de expertos. Aun así me preguntaba cómo sería el regreso a ese rincón de Málaga, el que fuera mi barrio hace ya mucho tiempo. Me inquietaba ahora el regreso a las calles probablemente flanqueadas por mercaderías dedicadas al pintor, en pugna con mis propios recuerdos. Llegados éstos desde años muy lejanos. En una ciudad que aun así siempre me esperaba, bella e inerte, en el ámbar de la memoria.

Ya nos lo había advertido el maestro Auden hace algo más de medio siglo: “Cada hombre lleva consigo a lo largo de su vida un espejo, tan único y tan inseparable de su esencia como su propia sombra”. Nos invitaron a subir a la cubierta del viejo palacio que ahora alberga el museo. Esa mañana de marzo parecía predestinada para evocar fuertes emociones. Una Málaga intuida, pero nunca claramente vista, se extendía como un mosaico deslumbrante. Las murallas y las torres de La Alcazaba árabe al fondo, con sus raíces romanas. Los tejados y los patios de la judería a nuestros pies, y el campanario de San Agustín y el minarete de la iglesia de Santiago. Y la inmensa catedral renacentista, con sus aires romanos y los resplandores prestados por la reciente lluvia, esculpidos en las geometrías.

Nos acompañaron nuestros anfitriones, como en un antiguo rito, por las salas de la exposición permanente. En la Sala II, delante de la “Madre y Niño”, era evidente que ya estábamos inmersos en aguas prodigiosas: Picasso se nos presentó sin intermediarios. Me vino a la memoria que Bruce Chatwin había elevado el “Camino a Oxiana”, la obra del maestro Robert Byron, a la categoría de texto sagrado. Nos llevaban en el museo por un sendero, tendido como el hilo de Ariadana entre las obras expuestas. Sin intermediarios. Tal como Byron había contemplado a Santa Sofía junto al Bósforo. El templo sagrado, ahora de nuevo sometido a la satrapía de los oscuros fanáticos. Doblemente sacrílega ésta, pues aquel fue levantado sólo para la divinidad y no para honrar a sus deprimentes agentes terrenales. Ojalá Marina Picasso hubiera estado aquella mañana en Málaga, en aquel hermoso palacio malagueño. Creo que le hubiera encantado.