No se confundan porque este sábado, y a pesar de lo que puedan pensar, no les voy a hablar del color de las americanas, ahora llamadas blazer, que algunos cofrades, los más atrevidos, sin duda, estrenan cualquier Domingo de Ramos. O de sus pantalones pitillo. El título quiere hacer referencia a esos otros que tienden a ir siempre contracorriente, los que un año dicen una cosa y, al siguiente, la contraria, sin inmutarse, los que aplican la ley del embudo como nadie, haciendo uso del canon cofradiero según les conviene y los que convierten en tradición lo que se llevan haciendo un par de años mientras que no vacilan en destruir lo que se lleva haciendo décadas.  

Son también cofrades que sufren el síndrome Guadiana, que tienen legión, que desaparecen y aparecen de Cuaresma en Cuaresma para pretender erigirse en la quintaesencia y definidores de lo que está bien y lo que está mal.

Los salmones son conocidos porque vuelven al lugar donde nacieron para el apareamiento, es decir, a agua dulce. Migran al mar donde crecen y cuando se acerca el período de reproducción, emprenden viaje de vuelta nadando contra la corriente. Los cofrades con estos indicios, en este caso, no lo hacen para poner huevos, como los peces, aunque sí los tocan... Y bastante. 

Son los cofrades del todo mal. Aquí. Y del todo bien, allende nuestras fronteras. O al revés. Sin atender a que en todos lados cuecen habas y que en ningún lugar es oro todo lo que reluce. Algunos aprovechan la atalaya que les proporciona un micrófono, una plataforma digital o las redes sociales para sentar su particular cátedra. No se rinden ante la evidencia y buscan las vueltas que sean necesarias para justificarse. Las mismas vueltas que darían para defender la postura antagónica, si fuera necesario, aunque solo sea para sobresalir.

En una sociedad democrática todo el mundo tiene derecho a opinar faltaría más. Incluso el que esto suscribe. Pero no todas las opiniones pueden ser tenidas en consideración ni gozar del mismo crédito.

Son expertos en la teoría, pero poco de ensuciarse con Louis XIII, de usar el decapador, de estrujarse las neuronas cuadrando balances o de redactar certificados y saludas. Se saben todas las marchas de Braña de memoria, el año de composición y la imagen a la que está dedicada, o, por el contrario, exigen participar en la confección de la cruceta musical introduciendo las marchas que tienen en sus tres o cuatro CD, pero no tienen ni idea de lo que cuesta mantener una formación musical durante todo un año. O ser constantes en los ensayos. Estar solo en las de arena y casi nunca en las de cal.

Pero se permiten el lujo de posicionarse en contra de lo establecido, en una especie de anarquía cofradiera difícil de digerir a estas alturas. Sobre todo, porque cada vez es más evidente que un cofrade tiene su razón de ser en el ejercicio de su vocación. Sin embargo, últimamente parece que se ha puesto de moda la contemplación virtual y son más cada vez los que piensan que para qué hacer, pudiendo opinar. Que para qué involucrarse teniendo Twitter o Facebook, donde hay quien pretende dar lecciones sin dar ejemplo. Una tendencia peligrosa, puesto que si termina imponiéndose, puede llegar un día en el que no haya nada que contemplar ni de lo que opinar.

En una sociedad tan acostumbrada a crear ídolos de barro y a destruir obras duraderas, con la facilidad con la que se escribe y publica un simple tuit o se envía un whatsapp a un grupo buscando la aprobación en la crítica, la mofa o el insulto, los cofrades de verdad tenemos la obligación de defender todos los días los valores que nos inspiran, como aval para la convivencia, y en busca de la excelencia cofrade, respondiendo con transparencia y la firmeza que nos proporciona la fe. Los pilares en los que asentar nuestra actividad están bien definidos y son sólidos. Otros pueden resultar más atractivos en apariencia, pero son endebles y terminan por venirse abajo con el tiempo. Una vida consecuente, siempre convence.

Esas bases tienen que ser especialmente resistentes ahora, que la pandemia nos sacude. Ha sido un año lleno de retos sin precedentes para las cofradías, que les ha obligado a encontrar nuevas fórmulas de acercar la devoción aun estando lejos o poniendo el acento en la atención de quienes más lo necesitan a través de la acción social cofrade. Los cofrades, los de verdad, han demostrado que incluso cuando todo cambia, al amor por lo que hacen continúa inalterable. Y eso, cuando toca reinventarse, será lo realmente decisivo para su supervivencia.