Hace unos días volví a ver, después de muchos años, El Gatopardo, la extraordinaria película de Luchino Visconti, basada en la novela del mismo título, obra de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que sigue conservando la frescura, vigor, ritmo pausado, alegre cinismo y belleza a raudales, que tenía cuando la vi por vez primera hace décadas. No sé cuántas y prefiero no saberlo. Pero si tuviera que escoger una escena de la historia del cine para simbolizar lo que significa el título de estas líneas, tomado de la obra inmortal de Stefan Zweig - uno de los autores recientemente recuperado por algunos y descubierto por la mayoría de nuevos eruditos a la violeta, mientras uno lo leyó con quince años en una edición argentina de casa de mis padres - posiblemente elegiría el comienzo de esta obra de arte, cuando la cámara va acercándose lentamente al palacio del príncipe de Salina y penetra en el salón a través del lento movimiento casi acompasado de los visillos de encaje, que ensombrecen la estancia en la que la familia de su excelencia reza el rosario rutinariamente, ocupando cada personaje el lugar exacto en que debe estar cada miembro del retrato de una familia en un interior. El calor siciliano adormece el sonido de las voces que enlazan de forma mecánica un avemaría tras otra, hasta que los gritos de los criados anuncian la aparición del cadáver de un soldado en el jardín y posteriormente entra la plena belleza y estallante juventud del sobrino Alain Delon, que deja mordisquear su mano por un gigantesco y ferozmente elegante mastín napolitano. Garibaldi y sus camisas rojas han desembarcado y los nuevos Saboyas van a sustituir a los viejos Borbones en el trono de Nápoles y las Dos Sicilias, en el proceso de unificación italiana, durante el que se cantaba a Verdi, porque era un acrónimo de Viva el Rey de Italia y el Va pensiero estuvo a punto de convertirse en el más hermoso himno nacional de la historia. La bellísima bandera blanca flordelisada sería sustituida por la no muy acertada tricolor y el amor surgiría entre el sobrino Alfonso de Salina, de nombre español, símbolo de los trescientos años de presencia española, y la deslumbrante Angélica, la más hermosa Claudia Cardinale de escote blanco, casi lechoso y cabello y ojos profundamente negros, la hija del alcalde Don Calogero, arribista y sudoroso nuevo rico. Que todo cambie para que todo siga igual, que el príncipe con ojos intensamente azules de Lancaster susurra a un jesuita de sotana chorreada y mugrienta y barba a la moda del siglo XXI.

Vuela ahora mi imaginación adelante, a los años sesenta del pasado siglo y un niño junto a otros cientos permanecen en silencio en dos filas junto a las paredes acristaladas del tránsito que conduce a la salida del colegio de San Estanislao de Kostka en Málaga. El niño contempla la escena con sus ojos verdes y siente el deseo de atusarse el pelo negro ondulado. Pero no lo hace. Cualquier movimiento está estrictamente prohibido. Ha ocurrido algún pequeño incidente disciplinario. Silencio inmóvil. En el centro del ancho corredor - los jesuitas tienen su propia toponimia y un corredor es un tránsito, o lo era entonces - la alta figura delgada y de sotana escrupulosamente pulcra del padre Delius se mantiene también inmóvil, hierática, mientras sus gafas transparentan un azul aguamarina y su ancha frente brilla con el reflejo del sol de primavera, que entra por las cristaleras del patio interior de la Prefectura. Cuando considera que la advertencia ha sido recogida, pronuncia suavemente «adelante» con su «t mojada» inglesa y las filas de niños se ponen en marcha hacia la salida, mientras algunos estómagos empiezan a sonar. El padre Delius era un hombre recto, bueno, educado, elegante, profundamente espiritual y que con el sentido ecuménico que la Iglesia implantó en el Concilio Vaticano II, consiguió construir en la Catedral una capilla ecuménica, que si bien no era un ejemplo de gran arquitectura, si era al menos discreta. Hoy es la librería al pie de la torre. No sé qué habrá sido del ecumenismo… Perteneciente a la burguesía malagueña de origen anglosajón, llevó a cabo importantes modificaciones en la vida del Colegio, hasta el extremo de cambiar el uniforme de toda la vida por uno absolutamente británico de pantalón gris y chaqueta roja y si bien los castigos físicos quedaron prohibidos, su sola presencia imponía la disciplina. En silencio.

Alguno estará ya a estas alturas preguntándose donde quiero llegar con estas líneas. Pues quiero llegar a contradecir la cínica afirmación del gran Lampedusa, «que todo cambie, para que todo siga igual». Esa afirmación es falsa. No es posible. Ni cualquier tiempo pasado fue mejor, porque Talleyrand, otro cínico profundo, no tenía razón cuando afirmaba que «el que no ha conocido el Antiguo Régimen, no ha conocido la alegría de vivir» ni cualquier cambio implica lo que etimológicamente debería significar el término progresismo. Ni lo uno, ni lo otro. Pocos años después, en el Colegio Mayor Loyola en Granada conocí al padre Arrupe, Prepósito General de la Compañía de Jesus, cuyo perfil de águila recordaba prodigiosamente al de San Ignacio, y cuya homilía fue un aldabonazo, en la misa que celebró en una capilla del colegio, atestada literalmente de estudiantes de todos los colegios mayores que habían venido a oírle, porque eran los tiempos en que comenzaba la Teología de la Liberación, los tiempos en que muchos jesuitas salieron de la orden, el marxismo imperaba en las aulas - como vuelve a imperar ahora - y los jesuitas empezaban a perder pie en el mar tenebroso y agitado que había provocado el concilio. Ya nada iba a ser igual nunca. El altar blanco y dorado rococó de la capilla del colegio fue sustituido por un frontal de vigas de madera y una Inmaculada imitando a Salzillo, ante la que pronunciábamos el lacrimoso «Adiós, reina del cielo…» fue sustituida por una imagen de calificativo tan espantoso como «moderno», sea lo que sea lo que ello quiera significar. Pero los cambios no fueron meramente formales. Y sobre todo, las formas tenían tal fuerza, que había que destruirlas, acabar con ellas, eliminar las formas antiguas, para sustituirlas por nada, que era la nueva forma de hacer y pensar y construir. Nada, la nada, el pensamiento fluido y líquido. Esa era la nueva formalidad.

Nápoles es una deslumbrante y caótica ciudad. Sucia, decrépita, mafiosa, trilera, tironera, pero el conjunto de palacios, basílicas, monumentos, fuentes, imágenes, arte hasta marear, música y ópera resulta tan increíble, que la vista solo encuentra sosiego y paz al contemplar la simetría del palacio de Caserta, mandado construir por nuestro Carlos III, ese grandioso Borbón que también descubrió Pompeya y Herculano, o el canon griego de la perfección de la escultura del Doriforo de Policleto en el Museo Arqueológico Nacional. En silencio. ¿Ha cambiado el antiguo reino de Nápoles? Por supuesto, muchísimo. A peor. A mucho peor. Porque la ley no rige en muchas zonas de la ciudad y los barrios marginales son bastante peores que la Suburra de la serie de televisión. Porque Nápoles es la imagen de la Italia actual, un país cuarteado y resquebrajado, que aborrece a la clase política, como España, aunque su sabiduría política y su cinismo inteligente la han llevado a ponerse en manos de un gobierno de técnicos para que la saque de su agujero. Del nuestro no creo que nos saque ni toda la corte celestial empeñada en ello, si seguimos por esta senda hacia el abismo, conducidos por un infatuado y caprichoso flautista de Hamelin.

¿Y la Compañía de Jesús? Pues también ha cambiado. Ya no es la columna vertebral de la Iglesia. Ni cuantitativa, ni cualitativamente. Es otra cosa. Recuerdo al colegio con amor, con mimo, con orgullo. Recuerdo a los amigos que se fueron, sobre todo a Alfonso y a Josele, recuerdo a los profesores que se fueron y de los que tanto saber aprendimos, D. Mariano López, D. Manuel Laza, el padre Herrera, el padre Rodríguez, y otros que no menciono, porque no sé si viven, o si abandonaron la Compañía. El rigor, el canon que imperaba hasta en la arquitectura del colegio, la disciplina, la competitividad, el esfuerzo, el premio a los mejores, la creación de una aristocracia del saber, la educación de las élites del futuro… aquel mapa del mundo sin una sola letra donde tenías que saber cada ciudad, cada montaña, cada río, cada archipiélago, cada accidente geográfico de una mínima importancia en el mundo. Y la historia de la religión, y la de España y la universal. A fondo. Y no digamos la historia del arte. Y saber recitar las cinco declinaciones latinas en treinta segundos y trozos enteros de memoria de la Eneida y de la Ilíada. Y el laboratorio de ciencias, tan hermoso hasta en su olor decimonónico. No sé cómo estará ahora el colegio. Ni sé lo que se aprende. Presumo que la informática será el antiguo padrenuestro. Los jesuitas han pasado de cuarenta mil a diecisiete mil más o menos. No sé si hay culto diario obligatorio, supongo que no. Allí no se aprendía jugando. Se aprendía a base de querer ser el mejor. Y para eso había que trabajar muy duramente. Fuimos unos afortunados, agraciados por la vida, o por la suerte, o por nuestros padres. No solo las ideas eran el armazón del esquema, sino las formas de expresarlas. Cuando fondo y forma constituían un todo y ninguno de los dos podía existir sin el otro. En el mundo que yo viví afortunadamente. El mundo de ayer.