Con el quinario del Cautivo llevado a efecto y los lamentos y anhelos que anualmente lanzan al aire muchos de los que consideran que las cosas no están bien, vuelve el silencio.

A Málaga le pasa como a las personas muy mayores, que dan cabezadas constantemente. Puedes estar hablando con una señora de 97 años y entre reflexión y reflexión ella cierra los ojos unos instantes. Y concilia el sueño con la conversación. Con la suerte de poder reanudar la marcha verbal tras la cabezada efímera e hilar el tema de lo que estaba tratando.

Algo así pasa por aquí. Y en Cuaresma sucede que todos nos acordamos de lo poco digno de la situación del Cautivo en San Pablo. Pasan unos días, y la cosa comienza a obedecer a don letargo hasta que vuelva a florecer el azahar en los naranjos -talados por cierto muchos de ellos de manera desastrosa -con la consiguiente queda de Rafael de las Peñas- de una manera tan enérgica que bien pudiera ser una directriz para que nos olvidáramos pronto de esta Cuaresma tan complicada que nos toca vivir.

El Cautivo es Málaga. Y Andalucía. La condición para que todo siga adelante. La salvación ante lo incierto y el consuelo ante la desolación. Un infinito que tenemos la suerte de tener en nuestra ciudad pues, como todos sabemos, uno venera a quien quiere y siente, aunque se encuentre lejos físicamente.

Pero algo está fallando. No cuadra de ninguna manera. Y es que el Cautivo no está en su sitio. Y choca. Porque no disfruta del espacio que merece. No obedece a ningún criterio que se encuentre en un rincón -literal- al entrar a San Pablo.

Cuando vas a ver al Cautivo por primera vez, la impresión es doble. Primero porque la fuerza del Señor de Málaga te paraliza. Y segundo porque no comprendes por qué se encuentra tan preciado tesoro en un lugar tan inadecuado.

El Cautivo necesita espacio. Visibilidad. Dignidad. Y un nivel a su alrededor que jamás ha tenido y no debe demorarse en que lo tenga mucho más tiempo

En una esquina, nada más entrar, con unos pobres asientos donde unas pocas personas pueden pararse a utilizar -con todas sus letras- al Cautivo. Para pedirle, agradecerle y como camino hacia la oración. Y es que, con casi total seguridad, de todas las imágenes -maravillosas- que se albergan en San Pablo, la del Cautivo es la menos accesible. Pero, ¿qué hacer al respecto? Las ideas son variadas, los motivos numerosos, pero parece ser que los problemas no se cuentan con una mano. Ni dos. La parroquia no quiere desprenderse de su gran icono, como es natural, pero tampoco quiere otorgarle el lugar digno que precisa.

El Cautivo debe salir de San Pablo. Porque San Pablo no está al nivel de la parroquia en las circunstancias actuales. Y resulta feo escribirlo. Pero quizá sea necesario que la Málaga cofrade -y no cofrade- comprenda que aquello no son maneras. Que Málaga no puede permitirse tener más tiempo al Cautivo en una situación tan penosa.

¿Se imagina usted al Abuelo de Jaén en un rincón? ¿Y al Gran Poder en la esquina de una parroquia con una reja enorme? ¿Dónde está la Esperanza de El Perchel? ¿Y la de la Macarena? ¿El Cristo de Medinaceli de Madrid qué tiene? La gloria misma. Como es lógico y natural.

¿Qué sucede para que El Cautivo esté arrinconado? Supongo que habría que preguntar al Cura Párroco de San Pablo. Pero quizá él no tenga la culpa pues varios habrán pasado por aquella Iglesia y la situación no se cambia.

Otro cantar es que, ahora, hayamos presenciado un quinario donde el Señor de Málaga no haya podido si quiera celebrarlo con un culto montado en el altar mayor. Una verdadera locura. Aunque para locura la imagen de San Pablo de serie y mala calidad que ocupa el espacio más importante de la parroquia -donde debería estar el Cautivo-. Pero eso es otro cantar y los sacerdotes no están obligados a saber de ciertas cosas -o a lo mejor sí-.

Quizá haya llegado el momento de que se cree una comisión, encabezada por su cofradía y respaldada por los grandes estamentos de la ciudad para trabajar desde ya por un espacio y lugar digno para el Cautivo. Y las opciones son solamente dos: O que presida el altar mayor con un retablo extraordinario o que se levante un templo para su veneración por los ciento de miles de fieles que precisan de él.

El Cautivo necesita espacio. Visibilidad. Dignidad. Y un nivel a su alrededor que jamás ha tenido y no debe demorarse en que lo tenga mucho más tiempo. A no ser que nadie mueva un dedo. Que probablemente pase. Y todo siga igual. Y cada cierto tiempo uno cuente la anécdota de que Pepe París -que en paz descanse- estuvo a punto de iniciar un proyecto para que el cautivo tuviera un templo propio. O podemos seguir escuchando que lo que pasa ahí es que el Párroco no quiere dejar escapar a una estrella tan importante de su teatro. Pero, si eso fuera verdad, quizá vaya siendo hora de que al protagonista se le adecente el camerino, se ponga su nombre el primero, delante del resto de actores de reparto y por supuesto que cobre más.

Estamos a tiempo de que todo se haga de manera correcta y buena. Pero que nadie olvide lo que representa y supone El Cautivo para la gente de Málaga y Andalucía. Que aquí harán falta pocas instituciones para sacar dinero con el que levantar un gran templo. Que es el que llena una avenida con sus promesas. Y duro a duro se llega muy lejos. Y se pagan muchos albañiles.

¿Tú dónde quieres que estén tu padre y tu madre? ¿En un palacio o en un rincón? ¿Y qué pensarías de quien quisiera tener a los tuyos en un sitio mediocre e injusto para ellos? Que cada uno saque sus conclusiones. En la Parroquia, en su Cofradía y en Málaga. Pero asumamos ya que la culpa de que el Cautivo esté ahí es de todos. Que ha estado mejor cuando ha salido de San Pablo. Que Málaga se ahogaba en llanto cuando puedo venerarlo en el Palacio Episcopal porque estuvo en un espacio cuidado. ¿Por qué tenerlo así?

Por suerte, mientras tanto, él sigue en su sitio. Un lugar que, gracias a Dios, no es de este mundo.

Un templo para El Cautivo.

Viva Málaga.