Hoy por hoy, escribir sobre la igualdad entre hombres y mujeres viene a ser algo así como entrar en un campo de minas con un cubata en la mano. Jamás ha habido un tema que, siendo en su esencia tan incuestionable, genere, al mismo tiempo, tanta puñalada desde las múltiples derivaciones conclusivas provocadas por aquellas manos negras que tallan sobre piedra las adhesiones y los lenguajes de lo políticamente correcto. Y es que mojarse algo más allá del grito «igualdad sí», fácilmente puede levantar las ampollas del matiz de la expresión y, al mismo tiempo, exigir el sumatorio de esa serie de añadidos que se presuponen a la proclama y con los que a un servidor le cuesta tanto trabajo casarse.

Para empezar, si tomamos en consideración que el feminismo no es lo contrario del machismo (por cuanto que el primero promueve la igualdad entre mujeres y hombres y el segundo sostiene que el hombre es superior a la mujer), me diera la sensación de que dicho término no ha sido brillantemente escogido si lo que pretende defender son posiciones igualitarias. Y si esto hay que explicarlo a la gran mayoría de parroquianos de los mentideros haciéndoles ver que el feminismo no es el hembrismo, palabra que no existe en la RAE pero que bien pudiera ser la antagónica del machismo, es porque, quizá, insisto, la terminología no es la adecuada. Y si el hembrismo, para entendernos, que no el feminismo, debiera ser lo contrario del machismo, ¿pudiéramos entonces derivar, desde la conclusión de contrarios, que también existe como acepción el masculinismo, cosa que no sé qué es? «Yo no soy machista ni feminista, creo en la igualdad», suele decirse. «No, mire usted, es que el feminismo no es lo contrario del machismo, sino que promueve la igualdad», suele contestarse. «¡Ah! Entonces sí, soy feminista», suele responderse. Y es así por lo que digo, una vez más, permítanme que insista, que, si tanto hay que aclarar, quizá sea porque la palabra ha sido muy malamente, como se dice en Málaga, escogida. «¿Y, entonces, qué palabra elegiría usted?», me dirán. «Doctores tiene la RAE», les contestaré yo.

Pero, dejando de lado el maravilloso mundo de lo nombrable y lo innombrable, pasando también por encima de la más que indiscutible igualdad en dignidad que toda mujer merece frente a cualquier hombre y que hoy, 8 de marzo, será defendida, y a ello me sumo, desde palabras mucho más preclaras que las mías, quedan, después, aquellas cuestiones, matices y tontunas, tan propias del campo de minas que les refería al principio, que conforman una suerte de bomba de mano agitada desde la peor inutilidad de la propaganda sectorial política y que flaco favor aportan a la grandeza y a la necesidad de la causa. Como, verbigracia, la pamplina del lenguaje inclusivo de todos y todas: una memez de laboratorio que viene a ser usada ya no sólo por las milicias abducidas, sino también por personas cuerdas que, con tal de no ofender la fina piel de la corrección política, hacen de su capa un sayo y terminan entrando por el aro para evitar complicaciones.

Como también me diera la sensación, por otro lado, pero desde el mismo frente, que el consabido «sola y borracha quiero llegar a casa» ni mucho menos se alzó como la opción más creativa e inteligente que pudiera haber brotado entre los lemas y los sueldos de asesores que suma el Ministerio de Montero. Porque es preciso que la lucha por la igualdad se abandere más desde el estandarte de la inteligencia que desde los fragores del impulso y la iconografía de lo que uno pueda o no beber desde su libertad, sea vino, cerveza o agua del grifo.

Pero es que, además, suma y sigue, servidor, que no es precisamente un macho alfa, viene lanzando piropos con buen gusto y medida selección del objetivo desde que sabe hablar. Piropos que nunca me han rebotado desde el sentimiento de la ofensa. Que yo no hago daño a nadie. Como tampoco he sentido que molestara las veces que he cedido el asiento del autobús a quien yo haya considerado. Ni en aquellas ocasiones en las que me he quitado el sombrero o, sujetando la puerta, he podido invitar al previo paso a quien encartara. Incluso a las mujeres.