Según Claudio Magris, en algún lugar de la obra de Joseph Roth yace la afirmación de que aquél que ha enterrado a un ser querido en tierra extranjera tiene derecho a la ciudadanía en ese territorio. Por eso, la baronesa E. v. H. amaba a la ciudad suiza de Lausanne y al convecino Hôtel Beau Rivage. Ambos eran, después de Austria, su segunda patria. Entre otras cosas, por tener enterrada a su fiel perrita en el cementerio para animales de compañía que ennoblece los jardines del legendario hotel suizo, una de las joyas del lago Leman.

Hace ya muchos años que conocí a la baronesa en mi pueblo. En el Marbella Club y en Los Monteros. En los que tuve el honor de asistir a cenas inolvidables, en las que la ilustre dama nos presidía desde su gloriosa ancianidad en aquellas mesas deslumbrantes. En una visita que hice a Viena, un par de años después, con una delegación de hoteleros de Marbella, la ilustre dama nos invitó a tomar el té en el Hotel Sacher. («Un hotel divino, mancillado por una espantosa tarta», según ella). Siempre hospitalaria y rodeada por las obras de arte del gran hotel vienés – me rindo siempre ante los hoteles con vocación de museo - me aconsejó nuestra anfitriona que aprovechara el largo fin de semana para visitar la Burgenland. La tierra de los castillos, donde nunca había estado. Gracias a su sugerencia descubrí una agreste y bellísima región austríaca, históricamente complicada, muy cerca de la frontera húngara. Tenían aquellas tierras entonces el contrapunto amargo de la cercanía de Hungría, un estado vasallo de aquel feroz imperio de los Soviets, que durante décadas oscuras nos amenazó desde el otro lado de las alambradas que dividieron durante demasiado tiempo a Europa. Por supuesto, seguí al pie de la letra las indicaciones de nuestra amable anfitriona.

Conociendo mi pasión por los hoteles con alma, la baronesa me recomendó que en la Burgenland me alojara en el castillo de Bernstein, entre las colinas de la Baja Austria y la estepa húngara. Donde descubriría unas dependencias fascinantes convertidas en un acogedor hotel. Era la fortaleza propiedad de unos amigos suyos, descendientes del legendario conde Eduard von Almásy. Fue una excelente recomendación. Desde la caída del Imperio Austro-Húngaro en 1918, la impresionante fortaleza es el marco feliz de una hospedería prodigiosa. Que ofrece unas experiencias excepcionales y 10 maravillosas habitaciones a sus afortunados huéspedes. Jamás olvidaré mi llegada en aquella luminosa tarde de un dorado y ya tardío otoño austriaco. Como tampoco olvidaré la amabilidad con la que fui recibido. Era obvio que en Austria los españoles éramos muy apreciados. Reinaba la paz en aquel solitario patio de armas. Dominado por la torre del homenaje, con un fondo de piedras que habían visto y sufrido mucha historia. Húngaros, alemanes, turcos, tártaros, austriacos habían luchado por la posesión de la fortaleza durante siglos turbulentos. A partir de 1644 los representantes de una dinastía de nobles húngaros – la familia Batthyány – recibieron las llaves del Schloss Bernstein de sus anteriores propietarios, los Königsberg. Llaves que finalmente pasarían al conde Eduard von Almásy y a sus herederos. Por cierto. Puedo recordar con afecto a uno de los amables descendientes del conde Adám Batthyány, paseando por la ciudad antigua de Marbella, en la década de los sesenta, en compañía de su prometida. El conde Segismundo Batthyány era en mi pueblo un muy ilustre y apreciado residente. Personaje de una pulcritud absoluta, invariablemente protegido de la fiereza del sol andaluz por sus panamás de inconfundible y elegante factura, que solo podían provenir de la casa milanesa de los Borsalinos. Su hermosa finca andaluza estaba donde hoy el Rey Fahd de Arabia Saudí levantara, años después, en mi pueblo, Marbella, su famoso palacio andalusí.

La historia del castillo de Bernstein es larga. En 1992 se publicó un libro importante del escritor canadiense Michael Ondaatje: ‘El paciente inglés’. Su lectura me recordaría mi estancia en el Schloss Bernstein. Se inspiró parcialmente el autor de esa novela, a la que se concedió el prestigioso Booker Price, en un miembro de la familia propietaria de aquel castillo: el explorador y aviador László Almásy, nacido en Bernstein en 1895. Inspiró la novela a su vez a los artífices de una película que llevaba el mismo nombre: ‘El paciente inglés’. Obra maestra del mejor cine del siglo pasado, gracias a su director, Anthony Minghella y a actores del calibre de Ralph Fiennes y Juliette Binoche. Entre todos, consiguieron nueve Oscars en 1997. Entre ellos el premio a la mejor película.

La baronesa ya no está con nosotros. Nunca será olvidada. Ni en mi pueblo, Marbella, ni en las orillas del lago Leman ni en aquella severa fortaleza habsbúrgica, que gracias a ella pude conocer.