Hoy vuelve a ser 13 de marzo. Como aquel viernes del estigmatizado 2020 en el que empezábamos a despedirnos de la vida normal con un nudo en la garganta. Aquel día salimos a actuar al teatro cotidiano de nuestra existencia con tristeza e inseguridad. Como aquellas veces en el vestíbulo de una estación de tren en las que le hemos dicho adiós a alguien muy querido, sin saber cuándo ni cómo volveríamos a verle.

De repente, el animal de costumbres callejeras se puso a mirar a la vida desde una ventana. Frente a la gramola que esculpía el aire puro, escuchaba una banda sonora desconocida. Los pájaros le cantaban a la libertad sin mascarilla. Y los silencios siguieron la conversación por dónde la habían dejado, si es que alguna vez le habíamos prestado atención a su melódico eco ebrio de poemas huérfanos. Aprendimos a apreciar otra belleza.

Los coches desertaron de las carreteras. El teletrabajo ascendió a estado de ánimo. La sirena del recreo enmudeció. Desconfiábamos hasta del carrito del supermercado. Los héroes cambiaron la capa por la bata o el uniforme. Y nos empujaron a predicar con el ejemplo en la atalaya milimetrada de los balcones. Jamás habíamos estado en un mundo que doblara su apuesta por los aplausos.

Hoy, que no es viernes sino sábado, vuelve a ser 13 de marzo. Las hojas del calendario siguen desplomándose con la inercia incierta que nos inyecta la pandemia. En el diccionario cambiante de nuestros días, ‘vacuna’ es la palabra que oposita con más énfasis para ingresar en la plantilla de sinónimos que tienen hilo directo con el término ‘esperanza’.

Mientras la imprenta termina de sellar con tinta fresca esta mudanza de página, no queda otra que mirar hacia adelante hasta que una ráfaga de luz nos deslumbre y dibuje en nuestros mentones la sonrisa que nos habían robado.

Se lo debemos a quienes ya no están entre nosotros.