Me dijo «grabaremos una cinta de cassette que será un mapa de los sonidos de nuestra vida», una cinta de 90 que lo diga todo, dijo «que nos defina» y sonrió, que nos recuerde como si fuera una cápsula del tiempo, como una fotografía de lo que somos. Grabaremos una cinta que sea lo más parecido a nosotros, haremos una copia, dos cassettes, una para ti, una para mí, y las guardaremos. «Será nuestro tesoro, nuestro secreto», y volvió a sonreír. Debo decir que sonreía muy bien.

Ha muerto a los 94 años Lou Ottens, el inventor de la cinta de cassette, uno de esos súper-inventos que transformó a varias generaciones de la  segunda mitad del siglo XX. El cassette durante un par de décadas, 70 y 80, resultó ser un invento perfecto como la cuchara o el libro. En mi opinión, su secreto, no era tanto su portabilidad, cabía en un bolsillo como un paquete de tabaco, que también, sino que permitía una grabación doméstica y portátil. Podías grabar a cualquiera y en cualquier sitio.

Empezamos a grabarlo todo, bueno, todo lo que nos interesaba, lo que nos definía. Grabamos sonidos en la calle, del patio interior de casa, ladridos de perros que retumbaban por el barrio… Grabamos conversaciones ajenas, en el autobús o ya en clase. Luego nos grabamos a nosotros. Nos hacíamos preguntas y respondíamos. «¿Dónde te gustaría vivir?», me dijo. «Junto al mar», contesté.

Recuerdo que había cajas de plástico y cassettes por todos lados: por la habitación, en el coche, en la mesa de trabajo, en la encimera de la cocina… Recuerdo que Dulce, una novia que tuve, me regaló una cinta muy bien decorada, con flores, corazones y sonrisas, con la BSO de El Guardaespaldas de Whitney Houston. Y recuerdo que compré la cinta del Nevermind, de Nirvana, la original, aunque tenía el CD, solo para poder escucharlo en el Walkman.

Si se enredaba no pasaba nada, cogías un lapicero, o mejor, un boli BIC, y lo arreglabas. Si tenías tiempo, y ganas y maña, recortabas las carátulas de los discos de los catálogos de las tiendas y fingías un remake que a ti, amigo lector, que ahora sonríes con cierta nostalgia, te valía. El cassette fue una forma de vida durante algunos años. Escuchar y grabar, volver a escuchar y regrabar, y en ocasiones, descubrir esas capas de sonido que se amontonaban sobre la cinta magnética: capas de tiempo y espacio.

«A veces hay que ensuciar las cosas para que se vean más claras», me dijo y sonrió con los ojos cerrados. Me encantaba su sonrisa. Capas de sonido como un collage, una especie de espejo roto. Grabamos canciones, la voz de Pablo Neruda, el sonido del motor del R18 de mi padre, o en el baño donde la reverberación contra los azulejos alargaba las notas en una resonancia que nos parecía casi perfecta. Grabamos todo y regrabamos todo, varias veces, sobre la misma cinta: un collage, un espejo roto.

En aquella época, todos grabábamos en aquellas cintas. Mi preferida era la Audio TDK 5 x A-60 con su pega de «Copy». Recopilaciones, discos completos, conciertos de la radio FM, el mítico de Wembley y el locutor diciendo aquello de «un clásico, básico y fundamental», en Plásticos y Decibelios creo, una frase que tantas veces he repetido. Grabábamos nuestros primeros programas de radio, podcast primitivos que nos hacían soñar. Íbamos a los mercadillos a buscar música o juegos piratas que también entraban en aquellas cajas de plástico. Cuántas entrevistas producimos sobre aquellas bovinas perdidas ya como lágrimas en la lluvia.

Le propuse grabar nuestros silencios encima de otros sonidos. Nos quedamos callados frente a la grabadora y surgió un silencio demoledor, poderosos y bello, de fondo la ciudad y nuestra respiración, y ese silencio que transpiraba todos los significados de aquella relación. Todo grabado, así, sobre aquel silencio, en aquella de cinta 90, que compartimos, y el recuerdo de las primeras veces cuando uno deja de ser niño. Nuestro tesoro, nuestro secreto.