En un 12 de julio de 1938 anotaba Claretta Petacci en su diario estas palabras de su amante, el todopoderoso Benito Mussolini: «Cuando muera no quiero conmemoraciones, discursos. No quiero monumentos. Solo una piedra cuadrada de dos metros por dos con una M grande en el centro, en un lado 1883 y en el otro la fecha de la muerte». Obviamente, el Duce esperaba poder evitar las orgías barrocas de los previsibles honores imperiales en el momento de la caída del telón que marcaría el final de su tránsito por este mundo

Con el respeto que la muerte de todo ser humano siempre se merece, esas palabras de Mussolini permanecen entrelazadas con mis recuerdos de aquel pequeño supermercado milanés donde mi mujer y yo habíamos entrado, hace ya algún tiempo. Para comprar un bote de «latte solare». Necesitaba una sencilla crema de protección solar. Con la que, por prescripción facultativa, podría protegerme de las radiaciones del potente sol de la Lombardía. En la bolsa de plástico donde la diligente cajera la puso, aparecía el nombre y la dirección del establecimiento. Gracias a eso nos dimos cuenta de que estábamos en el Piazzale Loreto. Una plaza como tantas otras de Milán. Sin ningún monumento o edificio singular que la ennobleciera. Con edificaciones levantadas en los años de la posguerra. Representantes de esa deprimente arquitectura urbana – ya amenazada por un pésimo envejecer – que suele predominar en tantas grandes aglomeraciones del sur de Europa. Las que tan vigorosamente criticaba el maestro Paul Theroux.

El Piazzale Loreto separa el Corso Buenos Aires de la Via Padova. Ya no quedaba nada de la famosa estructura metálica de aquella gasolinera, en la que, en los días finales de la Segunda Guerra Mundial, los partisanos colgaron los cadáveres de Mussolini, Claretta Petacci y tres jerarcas del otrora poderoso Fascio italiano.

En los años sesenta encontré esta descripción de la plaza en el libro de Laura Fermi sobre Mussolini: «Los árboles que crecen en el Piazzale Loreto de Milán son jóvenes y tiernos y murmuran quedamente cuando la brisa juguetea entre sus ramas. Los edificios que rodean la plaza son modernos y de aspecto atrayente, con sus limpias paredes y rutilantes escaparates. Pero el Piazzale Loreto es antiguo y se halla enclavado en una parte vieja y miserable de la ciudad. Su flamante maquillaje tiene por objeto ocultar las heridas de la guerra, olvidar las tragedias que presenció, los bombardeos, la lucha y los actos de vandalismo». Ha pasado más de medio siglo desde que esas líneas fueron escritas. Efectivamente esa arquitectura envejece mal.

En 1944 los partisanos habían diezmado un camión que transportaba soldados alemanes por aquel lugar. En represalia, un pelotón de camisas negras italianos, siguiendo las órdenes de la Wehrmacht, fusiló allí mismo a quince ciudadanos milaneses. Vengando aquellas ejecuciones, en la madrugada del 29 de abril de 1945, llegó al Piazzale un furgón con dieciocho cadáveres: los de Mussolini, Claretta Petacci y los jerarcas del Fascio. Entre ellos Marcello, el hermano de Claretta. Todos habían sido ejecutados por los partisanos el día anterior, en las riberas del lago de Como. Ya lo dijo don Ramón Gómez de la Serna en una de sus «Greguerías». «Al entrar en la tierra se desperezan los muertos».

Benito Mussolini y Claretta Petacci cayeron juntos. Fusilados contra la tapia de la Villa Belmonte, en Giulino di Mezzegra. Muy cerca de allí, en Tremezzo, se levanta sobre las aguas del lago la Villa Carlotta, una exquisita mansión construida en 1690. Algún tiempo después, en el siglo XIX, fue ésta el regalo de boda materno que recibió Carlotta de Nassau, la futura duquesa de Sajonia-Meiningen. Desde los ventanales de la Villa Carlotta, se puede ver, en Bellagio, en la orilla opuesta, la Villa Serbelloni. Ese maravilloso hotel ya era recomendado a los viajeros más exigentes en 1899 por una de las primeras guías turísticas de aquella época. Junto a ella, conservo respetuosamente el bote azul y naranja de aquella Latte Solare.