Domingo. Los Marinos Jose. Fuengirola. Los críticos de lo gastro nos tienen muy dicho que aquí dan el punto exacto a la fritura y la cocción. Sea. Gambas de cristal fritas. Pargo. Estado civil: albariño. En una mesa hay un viejo rockero y en otra el arquitecto Ángel Asenjo. Saludo a Manuel Azuaga, maestro y divulgador del ajedrez, periodista, escritor. Suelto aquí una pequeña primicia de la que me alegro mucho. La editorial Renacimiento le va a publicar un libro sobre su amado juego. La tarta de queso (payoyo) es excelente y mi hijo juzga como sobresalientes los boquerones. Es de los pocos sitios donde no prefiere croquetas (de jamón). Se ve la mar desde la mesa; hoy está revoltosa y mi pequeño inquiere por la posibilidad de un tsunami. Las mentes inocentes hace las preguntas más arriesgadas. Es una mar tricolor, algo airada. Me da la sensación de que los hidropedales se están extinguiendo. A cierta hora, ya muy despejado el local, si todas las mesas nos pusiéramos de acuerdo podríamos hacer un concierto con el sonidito, tintineo, de los hielos en el licor.

Lunes. A mi hijo le ha hablado un compañerete de «la mano de Dios» de Maradona. Qué es, me pregunta. Busco el golazo en Youtube. Electrizante es poco. Una y otra vez. Me fijo en su rostro contemplando por primera vez esa jugada. Y otras. Enseñar, también en la acepción de mostrar, algo a alguien. Rasgar una inocencia, contemplar una primera vez. Observar como resuelve una duda, sacia una curiosidad. «Mi padre me enseñó de pequeño aquel gol de Maradona», dirá tal vez a alguien él dentro de muchos años.

Martes. La errata es el microbio de la imprenta (Jardiel Poncela).

Miércoles. He empezado a escribir una novela pero uno de los personajes se me niega a trabajar en Semana Santa. Y encima, el líder del Sindicato de Personajes se ha fugado a la inopia con una musa. El día remonta cuando me entero de que existe la palabra «nefelibata».

Jueves. A los políticos les gusta el gazpachuelo. Podría ser un aforismo. Es una realidad constatada hoy. A los periodistas también. Hay saludos y complicidad y cercanía de mesas, así que alguna frase salta de una a otra. Queriendo o sin querer. Emilia nos atiende a todos con diligencia. El lugar tiene algo de recóndito estando relativamente céntrico. No más pistas, no se nos vaya a llenar de más gente. Allí vi una vez a Pere Gimferrer. Ya es raro ver en Málaga a un poeta catalán trasegar gazpachuelo con pelo largo y recordando que «arde el mar». Una de los cuatro comensales de esa mesa contigua es concejala, tal vez mi concejala favorita, y aún se ríe cuando se acuerda de aquello que hace años escribimos: «Valor al alza». Por una vez, acertamos. Y aún tenemos mucho que escribir.

Viernes. En lo de León Gross, Jorge Bustos nos habla de su libro, «Asombro y desencanto». Bustos se ha ido a Francia y a Castilla y nos lo cuenta al estilo Josep Pla en Libros del Asteroide. Busco en la estantería en la que debería estar, pero no está, «Fin de semana en Nueva York», del ampurdanés. Finalmente aparece en un sitio inverosímil y, brujería, está junto al anterior de Bustos, «Vidas cipotudas». El capítulo sobre Echegaray me fascina. Porque ya Echegaray me fascinaba. Los libros se escapan y dialogan. Quizás lo más cipotudo que haya en la vida, en el sentido de cojonudo, sea viajar para después contarlo. Bien. Sigue el programa y me piden un juicio sobre Toni Cantó. Soy benevolente.. Creo. Un amigo luego: «Vaya viaje que le has metido al Cantó, macho». Yo es que no sé si alguna vez voy a ser capaz de pensar y mirar a la cámara a la vez.