Opinión | De buena tinta

Somos lo que nos comemos

España es un país que alaba en sus mentideros los documentales de la 2 de TVE que jamás ha visto y, al mismo tiempo, critica las últimas fanfarrias televisivas de Rocío Carrasco sin perderse ni una sola emisión. Somos, al fin y al cabo, lo que nos comemos y nos dejamos meter en la boca, no lo que quisiéramos comer. Tal cual: una sociedad capaz de rasgarse las vestiduras cuando se cifran sobre la mesa los vergonzosos ingresos de los astros del fútbol y que, al mismo tiempo, no halla temblor en su pulso a la hora de hipotecar nóminas para comprar la entrada del partido más suntuoso de la liga. Sostenemos, en definitiva, desde nuestros comportamientos y hábitos, aquello que luego nos da repulsa, como fieles vástagos de la incoherencia de pensamiento, palabra, obra y omisión. Una vergonzosa realidad que también acontece, faltaría más, en el marco de las elecciones generales, ya saben: esa famosa farándula donde todo quisque critica las pamplinas, irresponsabilidades e improvisaciones del gobierno de turno después de haberlo votado. Y así, sin vaselina, «pasito a pasito, suave, suavecito», es como nos dejamos medir el aceite del envés con el fastuoso y enhiesto cimbrel matutino de la contradicción.

De la hostelería, mejor ni hablamos. Porque, a la par que lloramos el drama del coronavirus, también nos jugamos la boca por coger mesa, media de calamares y dos cañas en esas terrazas abarrotadas de paisanos donde la consabida distancia de seguridad brilla por su ausencia y el comensal colindante te ofrenda su vaho en el cogote. Servidor, que es más de bar que de monte, como dice mi compadre Muriel, ha optado, sin embargo, por fomentar aquellos locales que se lo han currado, locales que han sabido distribuir y dosificar sus espacios conforme a la normativa y que han procurado poner a disposición de sus clientelas y de la sociedad todos los medios higiénicos y medidas preventivas posibles. En esos locales sí que vale la pena y da gusto sostener la concurrencia, ya sea en forma de café, almuerzo, cena o lo que se tercie: cafeterías y restaurantes que, todos ellos con una familia tras de sí, no han tenido más remedio que reinventarse por exigencias del guión a fin de adaptar su medio de vida a las múltiples coyunturas generadas por la pandemia. Y sin embargo, con lo que ha llovido, con lo que está lloviendo y con lo que queda por llover, aún se topa uno con locales cuya persiana a media asta deja entrever, ¡madre de Dios!, enjambres de parroquianos sin mascarilla que abanderan cubatas entre la neblina del tabaco. Y aquí paz y después Gloria. País, que diría Forges. ¿Qué nos quedará por ver? «¿A dónde huir entonces?», que diría el poeta Ángel González. Un cigarro encendido amarillea nuestros dedos mientras nos sorprendemos ante la visita del cáncer de pulmón. Pagamos con gusto los logos que sostienen los mismos productos que se nos ofrecen en marca blanca. Nos relamemos el tocino de cielo de los hocicos mientras exigimos la sacarina del café. Decimos ver Cifras y letras, pero damos audiencia televisiva a Sálvame. Nos quejamos de los irrisorios presupuestos con los que se dota a la ciencia y a la investigación en España, pero hablamos de Antonio David Flores y desconocemos a Mariano Barbacid. Gritamos en contra del sistema educativo y rememoramos la calidad de los programas televisivos de antaño, pero, precisamente en la época de las grandes plataformas, consentimos que nuestros menores pasen el rato viendo un canal de YouTube donde un personaje realiza el vergonzoso logro de comerse en una hora todo lo que su cuerpo aguante. Y así nos va. Nos quejamos, sí, pero los futbolistas siguen y seguirán cobrando a nuestra costa más de lo que gana un cirujano, seguiremos pagando la trivialidad expositiva de las marcas frente a productos sin sello pero de idéntica o mayor calidad, y nos seguiremos aglomerando en cualquier taberna, cerveza en mano, cuando emerja la octava ola. Nos quejamos, sí, pero aguantamos lo inaguantable. Todo cansa y todo queda, nos versionaría Machado hoy por hoy. Al fin y al cabo, ¿qué se puede esperar de un país que exige más formación a cualquier funcionario medio para el desempeño de sus funciones que a los titulares de cualquier cartera ministerial?

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