La verdad es que no se lo esperaban y, además, como la música estaba alta pues no escucharon el timbre, o si lo escucharon… alguien abriría, el caso es que… ¡boom, boom, boom…! Entonces, se acabó esa fiesta y empezó otra, gritándole una señorita a los de detrás de la puerta…

-¿Pero ustedes quiénes son?, ¡identifíquense…!

-¡Boom, boom, boom…!

-Pero esto es un allanamiento de morada, les voy a denunciar. Ustedes están violando la Constitución…

-¡Boom, boom, boom…!

-¡Oigan, que van a partir la puerta!

-Es lo que pretendemos, señora. ¡Abran, Policía!

Y los dos policías que sujetaban el ariete y lo golpeaban con todas sus fuerzas, prosiguieron con su delicada labor sin mandamiento judicial alguno, obediencia debida al canto.

-Pero, vamos a ver, hemos apagado la música, ¿qué más quieren?

-¡Boom, boom, boom…!

Los del piso, nueve personas, se sentían en el asedio como conejillos frente a la escopeta del cazador, ¿podrían llamar a otra policía para que les defendiera de estos policías?, ¿y al juzgado? Eso es lo que hacía Alejandro desde el sofá con un teléfono móvil, en su vida se había imaginado que podría sucederle una cosa así, ni en España siquiera. El resto de sus amigos, también contactaban con casa para informar del asalto y uno registraba en vídeo lo que sucedía con una profesionalidad digna de Hollywood… En realidad, sus caras comprendían todos los colores del espectro visible y sus corazones bombeaban sangre como motores Rolls Royce. Una chica pensó en descolgarse por el balcón para escapar del atropello, pero la sujetaron, menos mal. ¿Los buenos eran los malos?

-¿Boom, boom, boom…! ¡Policía!

Todos los jóvenes habían visto alguna vez grabaciones de entrada de la Policía o la Guardia Civil en pisos habitados por narcotraficantes y peligrosos terroristas, pero ellos no se creyeron nunca tan importantes, hasta esa noche. El de más edad se acordó de la patada en la puerta de Corcuera, que fue ministro también del Interior y que dimitió, como corresponde, por aquella malhadada ley de seguridad ciudadana que contemplaba esa posibilidad de la coz -¡boom, boom, boom…!-. Y ahora este ministro, ¡que además fue juez y miembro del CGPJ a propuesta del PP, qué vista!, también quiere romper las puertas, eso sí, mientras, para acompasar, acerca a sanguinarios pistoleros como Txapote, y cesa al coronel Pérez de los Cobos y la Audiencia se lo afea por ilegal…, bueno, es verdad que hasta hubo un ministro del Interior, Barrionuevo, igualmente socialista, como los anteriores, que ingresó en prisión por el secuestro de Marey y los GAL, aquellas hazañas bélicas para no contar nunca a los nietos -¡boom, boom, boom…!…

Aquellos minutos, pocos -todo sucedía muy deprisa-, les pareció a los encerrados la peor pesadilla de sus vidas, sencillamente no querían abrir la puerta de la casa, ¡mi casa!, decía el joven propietario, porque creían en el derecho de mantenerla cerrada, artículo 18.2 de la Constitución, pero... ¡boom, boom, boom!

Una chica empezó a llorar en la cocina, mientras sus familiares se dirigían raudos, atravesando Madrid, a salvarla. Otros miraban cómo se agrietaba la pared lateral de la puerta y se balanceaba la lámpara del salón, porque el meneo aquel era de órdago, parecía un terremoto de intensidad superior a 7 en la escala Mercalli…

Hubo quien se preguntó si tendría también la Policía, como la Benemérita, especialistas en quitarle estrés al Gobierno después de estas actuaciones…¡coño!, ¡la prensa!, ¡hay que llamar a la prensa!, gritó Lucía dirigiéndose a todos… y uno de sus amigos le dijo que a esas horas no encontraría a nadie, que los periodistas, a veces, también duermen y que, además, llevaban meses de teletrabajo y…, pero que entrara en internet y buscara direcciones electrónicas y enviara un vídeo y facilitara su número y… -¡boom, boom, boom…!-. Y la más joven de todas dijo aquello de yo soy mujer, así que esto es violencia de género, y su compi de yoga le contestó que en Madrid o te okupan el piso o te lo rompen, como estos…

-¡Boom, boom, boom…! ¡Policía, abran la puerta!

Y todos, por si acaso, se pusieron las mascarillas y levantaron las manos cuando los agentes entraron armados y en tromba en el piso. Octavio Paz lo vio así:

Monólogo

bajo las rotas columnas,

entre la nada y el sueño,

cruzan mis horas insomnes

las sílabas de tu nombre.

Tu largo pelo rojizo,

relámpago del verano,

vibra con dulce violencia

en la espalda de la noche.