Lunes. Sale el Cautivo en el Telediario. Uno es de esa generación que le llama Telediario a todo artefacto que en la televisión convencional da noticias. Un día eres joven y al siguiente le devuelves las buenas noches al presentador. Sale el Cautivo en TVE y como lo tenemos tan cerca decidimos que a la tarde iremos a verlo. Pero llegamos y hay cola. Fíjate tú qué tontería. Quién lo iba a decir. Colas para ver al Cautivo. Caminamos por la Trinidad y voy imaginando vidas detrás de cada ventana. Como es tarea intensa, me da por pensar en las posibilidades que tiene el verbo merendar. Ganamos el Centro y observamos al gentío sin descartar que el gentío nos observe a nosotros. Trasiego. Las ganas de calle y de Semana Santa se palpan. Yo me palpo la cartera sopesando si acudir a un establecimiento célebre por sus churros o a otro famoso por sus emparedados. Nadie dice ya emparedados. Son sandwiches. La tarde se ensancha cuando encontramos a unos amigos y surge un café. El Soho no es tan semanasantero. Una pizarra anuncia cazalla. Me rindo. Cautivo y desarmado.

Martes. Camino de buena mañana hacia la terminal de cruceros. Me hacen compañía las gaviotas y una bruma indecisa. Para cuando la chaqueta me sobra y rompo a sudar, el cielo se vuelve benévolo. Avanzo en el dique todo lo que puedo. A esta hora, sin cruceros, sin gente, este andamiaje fantasmal que se adentra en las olas podría ser un no lugar o el fin del mundo. Tomo una foto que capta a lo lejos la Malagueta. Pongo un tuit supuestamente sesudo. Para despistar.

Miércoles. Ya dijo Bono que lo importante en la política es ser amigo del que hace las listas. Electorales. Una versión moderna de eso es lo de que «mejor que tener un barco es tener un amigo con barco». Yo lo tengo. La subida a bordo resulta torpona, el sol está borde e inspeccionando el interior elijo cama para una hipotética y futura travesía hasta Ibiza. Soñar no cuesta nada. Navegar, sí. Tras inspeccionar el barco, alguien pronuncia una de las más bellas frases que existen en castellano: «Os invito a comer en el Club Náutico». Qué gracia me hace que en gallego se llame lubrigante a un tipo de bogavante, al bogavante en sí, tal vez, más rico, pequeño y sabroso. En el Club Náutico de Fuengirola saben que las coquinas no llevan ni arena ni mucho aceite. Y el arroz bogavantoso viene en generoso perol. Desde la terraza donde almorzamos se ve a la playa, chavales haciendo surf; parejas, grupos de bañistas. Y una chica indecisa a la hora de quitarse la parte de arriba del bikini. De entre las fórmulas preferidas para sacar a alguien de su ensimismamiento, contemplación, cuajo o digestión lúbrica de arroz, la que prefiero tiene fórmula de interrogación: ¿el señor va a tomar café o un tocino de cielo casero?

Jueves. Mi padre siempre nos recordaba que aparcar iba a ser difícil. Las voces de los legionarios me llegaban cuando ya estaba somnoliento, de piernas cansado, ahíto de gentío, procurando no soltarme de su mano. Yo hubiera querido ser el novio de la muerte aún sin saber qué significaba eso. Se ponen los pelos de punta, decían mis mayores. Tardé en saber qué era eso de la leal compañera. El soniquete adquirió significado y emotividad. Cuando fui grande. Y supe avanzar, frente al enemigo exaltado.

Viernes. A la hora del cortado, toda vez que la familia huye a la piscina, leo a Cercas en la pérgola del Club Mediterráneo. Digiero: Albariño, alcachofas, rape. Reflexiono sobre la actualidad de los epitalamios y la necesidad de los haikus. Diviso a un conocido que de lo ocupado que está en gustarse no me saluda. Es de los que dicen «maestro» como quien esparce sacarina.

Sábado. «Dormir en un prado de comas, bajo un viento oscuro de acentos» (Max Aub).