De más en más, el hombre vive en el horrísono alboroto de las bataholas procaces que lo despersonalizan. Da igual allende dirijamos la atención y/o la intención, el sistema social es un Pantone caliginoso y translúcido que niega la transparencia del ser. En este sentido, desde el principio de los tiempos, transmitido de padres a hijos, el primer mandamiento del sistema ha consistido en cumplir escrupulosamente con sus actores de gobierno, es decir, caer bien a los remeros del sistema, ser aceptados por su timonel y ganar la confianza de su capitán. Para el hombre, interactuar con el sistema raramente consiste en mantener el contacto íntimo con su mismidad, que sería lo natural, sino que consiste en el más difícil todavía de, con cada gesto, ejercitar la doble pirueta de ser exacta y puntualmente tal cual lo requiera el sistema.

–¡Pero, ¿quién te crees que eres, piltrafilla...? Aquí no estás para ejercer tu mismidad, sino para hacer lo que el sistema te exija en cada ocasión –tal cual–, así que ponte las pilas!

Según Jung, todos nacemos originales y morimos copias, es decir, que la máscara social, poquito a poco, va usurpando nuestra personalidad y consolidando nuestro carácter, a base de entretenernos con inútiles ajaspajas arrítmicas que evitan que hagamos amistad con nuestro ser interno, ese invisible desconocido que comparte piso con el alma. Por sorprendentemente alarmista que parezca, es así.

Desde que el sapiens es sapiens cada uno convivimos con nuestro particular okupa, todos ellos de la estirpe de los okupas de toda la vida, cuyo papel esencial es secuestrar a nuestro ser interno para mantenerlo prisionero en el blindado almario de las almas, generalmente ubicado en el rincón más recóndito del subsótano de las entrañas de cada cual. Y, sépase, yo puedo mantener firmemente esta afirmación, porque para comprender fielmente a los okupas del alma, durante un tiempo, conviví con ellos.

–Buenos días, soy un estudioso del alma, esa entidad sutil a la que los griegos llamaban psique, y me gustaría aprender cómo ustedes, los okupas del alma profesionales, se las ingenian para actuar impunemente a favor del enloquecido sistema social establecido, con la misión de secuestrar la originalidad, la singularidad, la sabiduría y la nobleza de las almas del respetable.

–Pues pase y nosotros le iremos contando... –obviamente a mi cita me presenté desalmado, para no tentarlos a que, so pretexto de una explicación experiencial, me secuestraran la mía.

De aquel contacto, entre otras cosas, aprendí que los okupas, para serlo, se forman en la Facultad del Disimulo durante tres años y que obtienen su grado toda vez superado un Máster Aparencial que dura dos más. Los tres años de facultad, básicamente, son dedicados a la interpretación hermenéutica de todos los personajes del mundo y los dos años del máster al perfeccionamiento del arte de actuar aparencialmente, entregándose tan a pie juntillas al personaje en cada ocasión, que terminan olvidándose plenamente de su raíz primigenia y de su esencia. Aunque él nunca lo confesó, me da que Konstantín Stanislavski bebió con fruición de la misma fuente que los okupas del alma para alumbrar el renombrado método interpretativo que lleva su nombre.

En aquella aventura, mientras avanzaba en el conocimiento profundo del gremio de los okupas, tuve la oportunidad de descubrir al mío, al particular okupa que vive en mí, un crack en lo suyo con el que a base de guerrear durante media vida termine pactando un do ut des a perpetuidad. Desde entonces, él se esfuerza en no pretender secuestrarme el alma y, por mi parte, solo cuando es absolutamente imprescindible, siguiendo el citado Método Stanislavki a pie juntillas, yo finjo para que parezca que soy un hombre sin más alma que la que impone el sistema. Al principio estuve secuestrado por mi okupa, pero terminé rindiéndole. Valga un botón como muestra:

Hace años que cuando alguien me pide consejo para cambiar «algunas cosillas» de la conducta de su hijo, que es a menudo, analizo el caso y resulta que la mayoría de las veces termino aconsejando descarnadamente a los padres que consideren seriamente la opción de que sean papá y mamá quienes cambien sus conductas, que sus hijos estás bien como están. Y, curiosamente, mientras lo hago, mi compi, el okupa, con sonrisa bonachona asiente...

A veces, los compis okupas ayudan a crecer y a gestionar nuestros miedos ancestrales.