Inmersos en una pos semana sacra percibida desde lo más íntimo, el repunte previsible al tiempo incomprensible de los contagios en la provincia de Málaga de las dos últimas semanas – la mocedad es ahora la que está en el punto de mira de la maléfica Covid: jóvenes de entre 20 y 24 años convertidos, lamentablemente, en víctimas de su propia osadía, imprudencia e insensatez debido a las ansias indistintas de movilidad e interrelación social - ha resultado ser una pesarosa crónica anunciada. Resulta un tanto inopinado; sin embargo, hoy la Organización Mundial de la Salud (OMS) celebra el Día Mundial de la Salud en este orbe tan desemejante con el lema: ‘Construir un mundo más justo, equitativo y saludable’. El organismo internacional, tras el azote pandémico en todo el planeta, insta -con demasiada carga ilusoria – a los líderes mundiales a garantizar «que la equidad en la salud sea la pieza central de nuestra recuperación de la Covid-19…, donde todos tengan condiciones de vida y de trabajo propicias para la buena salud…, donde la sociedad civil y los individuos sean socios en la búsqueda de soluciones frente a las desigualdades…». Como pueden leer con cierto escepticismo, esta campaña, con las mejores pretensiones de concienciación solidaria, está pautada más con trazos quiméricos que con un análisis profundo de la condición humana: el poder y su perverso germen de discriminación socio económica, abriendo aún si cabe las brechas entre los grupos de los opulentos y el de los más vulnerables de manera inexorable.

Converso con todos constantemente; el asunto no es con quién hablo sino quién me escucha. Este pensamiento debería imbuir a la OMS a reformar sus modelos de comunicación y persuasión ante unos mandatarios señalados por sus discursos ambiguos y esperpénticos de los cuales solo emerge el despropósito y la desidia. Cuídense.