He adoptado a un politólogo. Me sale barato y da mucha compañía. Desayuna sondeos, a media mañana picotea unas tertulias de radio y almuerza un programa de debate. Por la noche, con un gráfico de quesos, algo de Twitter y un vaso de vino se queda la mar de contento. Eso sí, como tiene algo de insomnio, hace incursiones de madrugada a la nevera a zamparse a pares los periódicos. Luego yo me levanto y no tengo nada que desayunar, solo las columnas más sosas y algún editorial exigiendo la rectificación pronta de la fiscalidad en Tanzania. Me saca a pasear a veces. Lo único malo es que cuando hablamos tengo la sensación de que me está haciendo una encuesta. No sé si para él soy un perfil típico o pertenezco a un elemento sociológico singular. Una vez ante el mostrador de yogures del supermercado dudé y entonces vi como sacaba su libreta y me anotaba en la casilla de indecisos. Le pregunté desafiante que qué estaba haciendo y como no pudo responder, dada mi agresividad, en venganza le puse un cartel de «no sabe, no contesta», que se quitó a manotazos enarbolando una dignidad como de votante traicionado. Cuando viene gente a casa me hace luego una encuesta de valoración. Para sacarme quién es el líder, quién el jefe de la oposición y quién el menos valorado. El de la oposición siempre se opone a la carne si hay carne y al pescado si hay pescado. Mi politógolo llama a eso voluble. Yo simplemente, malaje. Eso tiene el politólogo, que te ensancha el lenguaje político y convencional. Cuando viajo con él en tren insiste en el «efecto vagón de cola» y si nos toca alguien al lado y nos cuenta su vida, siempre le dice que ha de mejorar su relato. Le gusta más la demoscopia que la colonoscopia y en eso, la verdad, es que coincidimos.

Los domingos bajo a por churros mientras él elabora una proyección de voto con hojaldre y luego nos comemos las dos cosas con café y una copita de anís. Por mi santo me regaló unas siglas nuevas. Nada usadas. Recién registradas. Llamamos a unos amigos y nos fuimos toda la pandilla a echar las siglas a rodar en un parque, unas risas; uno de los colegas se trajo sus siglas también, pero eran como de la Transición y estaban un poco ajadas y chirriaban mucho. Les tiene cariño pero siempre le decimos que tiene que ir pensando en cambiarlas. Buen politólogo el mío. Ahora quiere hacerme un TikTok. Ya le veo las intenciones. De voto, no.