Un servidor comenzó a dudar de gran cantidad de instituciones cuando se enteró que Gadafi y el etarra Ternera formaron parte respectivamente de las Comisiones de Derechos Humanos de la ONU y del Parlamento vasco.

Algo así me está ocurriendo hoy con la Organización Mundial de la Salud, ayer con la Unesco y mañana con mi comunidad de vecinos, buena gente.

Es la quinta vez que Pedro Sánchez traslada a la opinión pública que nos encontramos al principio del final de la pandemia de la Covid-19; en esta ocasión ha sido mayor el énfasis que ha puesto en su ‘cálida’ oratoria, tal vez por la gama de vacunas que nos va a acompañar de por vida.

El seguimiento del proceso de vacunaciones en España se está haciendo insoportable, y eso que al menda ya le han banderilleado con dos vacunas de Pfizer y no he tenido la menor reacción. No ocurre lo mismo con la denominada AstraZeneca que, según parece, ha tenido problemas graves de trombosis mortal en un número escaso de vacunados, mínimo para las estadísticas y máximo para los familiares.

Tanto es así, que el presidente de la comunidad de Castilla-León ha prohibido dicha vacuna en su ‘califato’ a la espera de lo que digan los expertos en la materia; los ‘fariseos’ de las formas se han escandalizado ante tamaña decisión que yo, por cierto, aplaudo con pueril entusiasmo.

Ante la mínima sospecha que uno de sus paisanos pueda sufrir un ‘accidente’ mortal, ha cortado por lo sano el estúpido hilo que une la legalidad con la formalidad y, pensándolo muchísimo, ha optado por la seguridad extrema.

Una vida, solamente una, es muchísimo más importante que millones de envases con dudas en su interior, pero no lo entienden así los expertos que han dictado: ¡Adelante con ella!