Escucho sus películas en el cabecero de la cama, la programación de Telecinco reverbera en mi cuarto y su vida íntima no tiene secretos para mi. Conozco cada uno de los dígitos de sus DNI, sus claves del borrador de la Renta 2021 -el año ha sido muy malo, contaban ayer mientras yo leía en el baño-, sus padecimientos y dolencias físicas -principalmente de espalda- y hasta me llegan las ‘rajadas’ mutuas que se lanzan por separado vía telefónica cuando uno de los dos no anda por el comedor de casa. No soy cotilla; sólo una víctima de los tabiques ‘low cost’ que dan forma a mi bloque. Confinamiento, cierre perimetral, teletrabajo y una vecina en la madurez de sus días cuya afilada lengua chispea como la espada laser de Darth Vader en Star Wars. Oro para cualquier periodista que sepa escuchar, aún en contra de su voluntad, en las largas noches de otoño.

Ella no para y a mí no me deja. Vive en el Bajo A; yo en el B, debe rondar los 60 y su novio se llama Juan. A su lado, he pasado el trance del romance, la incipiente convivencia y sus primeras disputas sin convicción que se cuelan por el fino muro medianero de banda ancha. El tal Juan, que hace trabajillos ‘en negro’, es un tío neutro, un hombre de esos que ni fú ni fá, con el que pelearse es un ejercicio de fe y al que hay que chincharle mucho para que suelte un ‘no’. Sin embargo, ‘Mari’ lo consigue. Así nos pasamos los días. Los fines de semana la cosa empeora porque las llamadas se multiplican. A veces me da la impresión de encontrarme en ‘La vida de los otros’. Como en el inmortal y oscarizado filme de espías de Florian Henckel Donnersmarck, ambientado en el Berlín Este de la Guerra Fría, a veces no sabes ni quien eres y acabas sufriendo una suerte de síndrome de Estocolmo a la inversa que te deja K.O. La Covid-19 es ‘La vida de los otros’. Al contrario que su protagonista, me es imposible empatizar con los sueños, anhelos, deseos y futuribles de esta extraña pareja con la que comparto espacio de buzón. A la matrona de la casa nada le parece bien. Para ella todo es crítica y ni su ex, ni las costumbres de los allegados, ni las ideas de los sobrinos suenan acertadas cuando atraviesan la delgada línea de sus labios. La ‘sua’ boca es un volcán de gruesos conceptos en ebullición lanzados al viento con un tono entre lánguido y estridente que asfixia a su interlocutor. Yo sólo quiero la paz que no encuentro entre las grietas de la pared. Mari me la lleva robando meses. No es joven ni vieja. Podría ser encantadora, pero la verbalización de sus pensamientos despeja cualquier duda. Y es mucho lo que verbaliza. Cotorrea sin parar y su discurso cerrado y gris destruye la magia de la primavera. Pocas cosas encuentra a su gusto. Juan, que como digo es más bien silencioso, trata de buscar el oxígeno del que le priva su novia echando un pitillo tras otro en el balcón que da al rellano. Allí organiza el hombre sus pequeñas chapuzas de obra durante algún día suelto de la semana. No pinta mucho. Es sólo una esponja receptora. Tan sólo abandona su condición de oyente del discurso marital para puntualizar sin entusiasmo cualquier tema que resuelve con monosílabos y alguna frase corta del tipo «es normal». Lo que a él le falta a ella le sobra.

‘La vida de los otros’ está desprovista del glamour de los diálogos de las pelis de Woody Allen. Tampoco aspiro a tanto. Ni siquiera se acerca a las alocuciones de los personajes de Almodóvar. Lo acepto, como lo acepto todo desde que inicié mi camino de crecimiento interior en forma y tiempo budista. Está de moda. El problema es que son muchas las horas de escucha pasiva que me imponen las paredes baratas de este bloque de extrarradio. El karma me traiciona. Este proyectado verborreico cae espeso como los chorreones de ‘gotelé’ y mi paciencia me huye. En ocasiones veo muertos y renglones torcidos. El sistema nervioso se me altera. En palabras de ‘Martirio’; me pongo «malo de los nervios». Sueño con desatarme, aporrear el tabique, echar abajo la pared, esparcir chinchetas por el suelo y gritar: «Cierra el pico de una vez, Mari!!! ¿No has tenido ya bastante?». En esos momentos entiendo al tabernero de ‘Amanece que no es poco’ y me veo espetándole a la del B: «Mariano, Dios bendito, la tabarra que me están dando hijo de… Me cago en todos tus…». Soy humano. Lo siento.

Nota final: El pasado domingo le contó a Juan su último proyecto. Poner en valor la terraza; una idea que resolvió con la frase «dejarla bonica». Sólo os digo que linda con la mía y lo único que nos separa ya es el viento. Palabras más; palabras menos.