Ayer jugábamos en Jerez el play off de cuartos de final a las 17.30 horas. La hora de cita para subirse al bus del equipo eran las 13.00 horas en la rotonda de Guadalmar. Eso implica que no almuerzo. Entonces, cuando nos levantamos Ana y yo decidimos ir a desayunar al Mesón Paco. Es verdad que hay que coger el coche para ir allí (está a cinco minutos de casa), pero merece la pena y el desayuno es lo suficientemente consistente como para aguantar sin comer hasta después del partido.

Lo primero que te impresiona cuando llegas a Mesón Paco es que, a pesar que toda la calle esta llena de bares con terraza donde se puede desayunar, todas las terrazas están vacías menos la suya. Pero es que hay que hacer cola para poder sentarte en una mesa en su terraza. La espera se hace corta. La gente va al Paco a tomarse su pitufo o su viena, según proceda, y a por el día con energía, como decía aquel anuncio. O no sé si era un anuncio quien lo decía.

La variedad de pitufos es amplia. Dicen que el pitufo de la casa con carne mechada, tortilla de patatas y ali oli es brutal. Pero yo tengo claro que allí pido leche caliente en vaso de tubo y pitufo de bacon con ali oli. Mientras esperas a que te lo traigan, los recuerdos que llegan a mi mente son todos buenísimos rememorando aquellos desayunos en el Paco después de entrenar con el Clínicas Rincón. Allí nos juntábamos el equipo técnico, que además de equipo técnico éramos (y seguimos siendo) grandes amigos. Allí hablábamos del entreno que tendríamos por la tarde, del rival del próximo partido o de las noticias que nos dejaba la actualidad mientras Patxi, el mítico camarero que aún sigue detrás de la barra, se metía con unos y con otros.

Era fácil que en la mesa de al lado se sentaran Pepe Pozas, Luis Conde, Alberto Díaz o Tuty Sabonis. Algunos piques en la sesión de tiro tenían como premio para el vencedor una invitación a desayunar en el Paco. Los jugadores eran más de viena que de pitufos, lógico por los cuerpos que gastaban y el hambre que daban las tres horas que echábamos entrenando por las mañanas allí en Los Guindos. Incluso alguna que otra vez alguno se llevaba otra viena para el almuerzo, que a las 16.30 horas entrenábamos de nuevo.

Una época maravillosa de mi vida, supongo que para alguno de mis compañeros o aquellos jugadores también. Una etapa que nos marcó, nos hizo mejores a todos y que es imposible no asociarla a los desayunos del Mesón Paco. Fue Ignacio Almarcha, uno de los responsables de comunicación de Unicaja Baloncesto, quien me enseñó aquel local que no tiene ningún encanto, no te llama la atención por nada, pero que si pruebas a desayunar allí, ya nunca olvidas.

Pero volvamos a lo importante. Cuando llega mi pitufo de bacon ali oli, dura en el plato un visto y no visto. Y es que en esos cinco minutos que tienes que conducir para llegar al Mesón Paco, no paras de pensar en él. Da igual que te lo sirvan un poco caliente y casi te quemes, no puedes parar. Es verdad que después pasas varias horas bebiendo agua, cosas del ali oli. Pero no importa. Aunque no te lo puedas creer, en aquel local el pitufo se convierte en algo diferente a un bocadillo pequeño. Es mucho más que eso. Es un manjar que degustas a cada bocado y que tan solo tiene el defecto de que se acaba demasiado rápido.

Os aseguro que esto que os cuento no solo lo pienso yo. Solo hay que pasar por allí para ver como está la terraza del local, da igual el día. Todo tipo de trabajadores de innumerables gremios se dan cita en el Paco para desayunar cada día.

Además, fuimos a desayunar Ana y yo con un experto en desayunos, nuestro perro Gabo. Fue increíble ver cómo se quería subir encima de Ana reclamando con insistencia sus porciones de pitufo, engullidas como si no hubiera un mañana Si tenéis oportunidad y no lo conocéis, tenéis la obligación de desayunar allí . Os cambiará el concepto de lo que es un desayuno.