Uno, como número natural, es tan poquito que casi es nada, y ello a pesar de que como palabra bifronte se contradice. Obsérvese, si no, ONU, que, como acrónimo representa muchísimo, aunque a veces no se le note nada. En este sentido, confieso que hay ocasiones, amable leyente, en las que uno, el que le escribe en este caso, al observar la displicencia con la que la Organización de Naciones Unidas se manifiesta en determinados menesteres trascendentales, se pregunta de qué sirve la ONU más allá de como lobby de intereses y desintereses, y, hoy aquí, como acrónimo bifronte de uno, que, es el personaje principal de este artículo.

Uno, que es lo mínimo que se despacha como número natural, no tienes ascendientes, pobre criatura. Uno es la hipóstasis de la orfandad. Y esta circunstancia es tan lamentable, como injustamente cierta, porque uno, en tanto que número, no es el resultado del amor o el deseo, ni de ambas cosas a la vez. Uno, ni tan siquiera es fruto de los instintos lascivos que contribuyen al gustoso fornicio reproductor. Constátese que dos es el resultado de la unión de dos unos y tres el resultado de la unión de un uno y un dos... Pero, ¿uno de quién es hijo...?

Obviamente, uno no es hijo de los ceros, porque por más que los ceros se entregaran a la labor solo conseguirían procrear ceros. Por cierto, alguna vez tuve la amarga sensación de que los ceros hubieron de ser objeto de algún malévolo hechizo similar a los varios que se cuentan sobre la infertilidad de la mula, animalito. Dicho esto, independientemente de la orfandad descrita y de su exigua y caquéctica figura, el uno no es débil, sino especialmente poderoso en su papel de número natural, mediante el que se demuestra tan aplastantemente principal en el almanaque que sin él ninguno llegaríamos a final de mes.

Respecto de la ascendencia de uno, mediante entidad distinta de la numeral sí existe una explicación verificable: uno es el fruto de la unión en santo matrimonio de las sílabas «u» y «no», que lo convierten en una entidad ácrona. Sobre este particular, adviértase cómo las alusiones intemporales referidas a uno son parte de la cotidianidad del día a día del hombre, desde que el mundo es mundo. Valgan tres ejemplos: «hace algunos días supe que en España hubo uno, político para más señas, que se creía dios, pobre iluso», «me desternillo mientras miro cómo uno, a la luz de la política con mayúsculas, hace el payaso» y «dicen que, en lo por venir, pronto, aparecerá uno que, como Colón, pretenderá demostrar que sus decisiones políticas son la palabra de Dios. Te alabamos Señor». ¡Qué cosas, oye!

No siempre lo es, pero el uno que es próvido se explaya demostrando su ambivalencia, por un lado, santificándose mediante una preciosista amputación quirúrgica que lo apocopa extirpándole la «o», para definir el resultado místico del primer dogma de la naturaleza de Dios: «un solo Dios verdadero». Y, por otro lado, para compensar el asunto a sensu contrario, pertrechándose con la armadura de una silente hache que lo erige fonéticamente en el huno más irreverente y sanguinario de la historia: Atila, el azote de Dios.

El uno, que por naturaleza es ambicioso, aspira a más y más y mucho más, cuando se transforma en ordinal ovante se crece para roborar su celsitud y para erigirse en hito. «Llegar el primero a la meta, ser el primero de la promoción, representar el principio de todo...» El uno ambicioso transformado en ordinal aspira a formar parte de todo aquello que nace. O, dicho de otra manera, un uno, ataviado con las galas del ordinal metafísico se convierte en la favila mágica que expresa el primer instante del resto de todo lo pensable. «Al principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, reinaba el caos y no había nada en ella...» pues eso, allí, en aquel oscuro y abstruso momento, por ejemplo.

Uno, paciente leyente, el mismo del primer párrafo, es decir, el que le escribe, lleva ya en su haber más de setecientos meses de atenta observación científica del universo en el que se desenvuelve el polifacético personaje principal de este artículo, que, créame, es más que fascinante, pero, advierto, aun así, entre el uno y la una no hay color. Ya lo contaré...