Lunes. 25 años de Tesis. «Me llamo Ángela y me van a matar». La vemos. Me parece que ha envejecido muy bien. La película, no Ángela. Ángela es Ana Torrent, el misterio hecho faz. Pienso que es un prodigio que alguien, Aménabar, tan joven hiciera esa película, que produjo José Luis Cuerda. Veo los pasillos de la facultad donde se rodó. De mi facultad. Veo el bar, los despachos y recovecos, el patio como de cárcel. Esas paredes grises. Iba a decir que la visión de esos muros y aulas que frecuenté durante cinco años me traen melancolía. Pero no sé. No sé lo qué me traen. Evoco caras y profesores y tardes de botellines. Aún conservo una de las carpetas que utilicé un año: negra, con las gomillas azules. Con separadores. Hay un mazo de folios dentro y sería muy literario consignar aquí que amarillean. Pues no. Están blancos aún. En blanco, no. Blancos. ¿Serán estos mis ojos los mismos que hace lustros se posaron sobre estos apuntes? Mi tesis es que sí. Tal vez.

Martes. Me siento a desayunar en una terraza. Con toldo. Nunca llueve a gusto de toldos. Café. Pan con aceite. Veo llover. Oigo llover . Diviso el rótulo de una taberna llamada «El gallo ronco». Está cancelada. Quiero decir que tiene una cancela y por el aspecto de la fachada parece clausurada, muerta, ajada desde hace tiempo. Imagino las voces que un día se oirían en su interior. Jaleos, humo, cantes, otra, ronda, vinazos. Tal vez alguna bronca en la puerta, la madrugada como testigo. Cuánto hace que la noche se ausentó de nuestras vidas. Amputados del envés. Con la de cosas que nos pasaban. Con la cantidad de gente que se conocía. El camarero me ve cara de querer un descafeinado. Con lo que fue uno.

Miércoles. El Paseo Editorial ha reeditado «La vida como es», de Juan Antonio Zunzunegui. Se hizo una película en los sesenta protagonizada por Fernán Gómez basada en el libro. A Zunzu, de usual atildado, le decían guasones sus amigos en Madrid, dónde vas tan arregladito. Y él respondía: quita, quita, que en el momento menos pensado me encuentro con unos de Bilbao y luego cuando vuelven van diciendo por allí que el Zunzunegui va hecho un matao. Fue muy célebre y está algo olvidado. Además de Amaya, que me lo recomienda mucho, el primero que me habló de Zunzu fue Ángel Valencia, catedrático, amigo y comentarista. una mañana en el café Madrid hace años.

Jueves. Yo es que no sé la manía de no servir churros a partir de las doce.

Viernes. A mi pequeño le da la urgencia de aprender a jugar al ajedrez. Emergencia. Movilización. Ya. Chino de guardia. Siete euros. Las piezas son tan malas y pequeñas que no distingo un caballo de una torre. En un rato, bendito Youtube, ya ha aprendido como se mueve todo quisqui. Verás tú que me da jaque mate a las primeras de cambio. Gambito de padre. Más tarde, a la hora del baño, la pregunta metafísica: yo no sé por qué los peones no retroceden.

Hay tal oferta de series nuevas que me pongo a ver un episodio de La huella del crimen, aquel serial mítico de los ochenta. «El crimen del capitán Sánchez». 1913. Militarote jugador y pendenciero, incestuoso, mata a ricachón. Descuartizamiento. Madre del amor hermoso, qué historión. Victoria Abril, Guillén Cuervo. Indago en el caso y leo varias informaciones de la época en ABC. Hay que ver lo bien que se ha matado siempre en España. Y la peña buscando asesinos nórdicos. Se me da la madrugada, que no hay quien la mate. Me levanto a por un vaso de agua y veo en el suelo un diminuto alfil. Me quito de su diagonal no vayamos a liarla.