En esta deslustrada época de restricciones, toques de queda, distanciamiento social e incertidumbre intensa, a las tertulias las echamos más de menos si cabe con una sensación de perder algo vital, inherente a la necesidad de manifestar nuestros juicios e intercambiar diferentes percepciones sobre el orbe que habitamos y sus diversas temáticas. Hace unos días, asistí a una tertulia –con todas las medidas preventivas adoptadas- en la que los contertulios: una glicinia, una dama de noche, una plumaria, una palmera, unas margaritas, un lilo –árbol del amor-, una datura –cuyas trompetas amenizaban la velada con su música perfumada-, Alicia García-Cabrera, Miguel Fortuny y el que suscribe nos reunimos entorno a las palabras. En este cóctel de impresiones y tras pasar de comentar la última novela de Miguel, ‘La vida que yo deseé (memoria de los años borrosos)’, la conversación derivó a la problemática que supone el cada día mayor distanciamiento de las administraciones públicas del ciudadano de a pie, puesto que éste –todos nosotros –necesita acercarse a la Administración ya sea presencialmente, guardando las distancias entre empleados públicos y usuarios, ya sea a través de sus sedes electrónicas. Nos preguntamos el porqué del aumento, en los últimos tiempos, de la inaccesibilidad y de un trato poco decoroso por parte de algunos funcionarios ante los requerimientos de la ciudadanía, acrecentando el alejamiento de estos organismos de los usuarios de sus servicios. Esta contrariada coyuntura es fácil de solventar si hay voluntad política de acercar las administraciones a las necesidades ciudadanas para facilitarles sus gestiones administrativas. La cuestión seguía en ese aire aromatizado ¿Cuál es la causa de esta fisura? ¿Existe afán gubernamental por cerrar esta brecha? El escritor Tertuliano nos responde que es cierta porque es absurda. Así es, incoherente e inadmisible.