Y se puso a hablar de puro contento nada más verla enfilar por aquel pasillo, estrecho, camino de su vera, calle Mariblanca, en Alexso. La maestresala la acompañó, gentil. Habían estado en tantos lugares juntos…, los recordaba todos, creía. ¡Pero cuántos años…!, en el interior de Palo Cortado, cuando la música de los viernes y las copas no impedían la conversación y el condumio y servían hasta quesos; en La Cosmopolita, con sus exquisitas gambas cristal con yema de huevo, aunque después de un tedioso interrogatorio para la reserva; en su querida La vikinga, con Marta Brinkmann y Rafael, con una copa de Carmelo Rodero en su mano fría y dulce que picoteaba una pastela; en Las Tablas del Rey, de Fuengirola, con esa deliciosa pata de pulpo a la brasa que aún humea leña, y las uvas de Bobos, de Utiel-Requena… Tantos rincones, luces, blancos manteles, manos, colores. Recordó aquel personaje, inolvidable, Tomás Nevinson, de Javier Marías, que decía de un espía del MI5 o MI6, no diré de cuál, que es muy difícil estar fuera después de haber estado tan dentro.

Ella lo enfocó sin semicerrar los párpados para concentrar su mirada, y su comensal siguió hablando después de tanto tiempo callado. La última operación salió perfecta pese a que, cuando es así, alguien tiene que poner alguna pega ante un jefe de más arriba. Fue en la Costa, y Gibraltar al fondo. No solo supieron de qué hablaban en aquella casa aislada sino, incluso, si soñaban. ¿Recuerdas? Y ahora estaba fastidiado porque había vuelto a ver en las calles de la capital a unos chicos con fotos del psicópata Stalin, orgullosos de pasear al genocida por el Madrid mojado de la reciente primavera. Olvídate. Siempre se había dicho que es más el tiempo en el que uno muere que el que vive, y aunque quisiera estirar ese tiempo aquí no lo conseguía, por eso apuraba la presencia de ella en una loca carrera de retenerla como en un imposible trago de vino.

Le había llevado de regalo el libro de un periodista, Pau Arenós, ‘Nadar con atunes’, aunque el subtítulo no terminaba de gustarle, ‘y otras aventuras gastronómicas que no siempre salen bien’, y es que como reconoce el autor, «la gastronomía es un goce, pero a veces las flores tienen pinchos». Bien que lo sabía.

Ella arrugó el papel que ocultaba aquellas miles de palabras tan sabrosas, miró el título y no necesitó ojear ninguna página. Levantó los ojos, los posó humildes en su bolso, y dijo aquello de «yo también me he acordado mucho de ti», entregándole un precioso tapón de plata para su mejor botella, a la vez que volvió a ponerle encima sus ojos negros.

¿Cómo estás?, se escuchó, aun sabiendo que él nunca se quejaría. Sabía hacer preguntas sin riesgo de que le explotaran en la boca. Recordó cuando en un país norteafricano, en un gran hotel desde el que se divisaba la medina -y con un techo móvil en el restaurante mediante un extraordinario juego de poleas- tuvo que abandonar la mesa en la que cenaba con la excusa de ir al baño para no volver nunca más al país, so pena de caer en manos de una milicia que se aproximaba.

Ahora, en Malaca, como le gustaba llamar a la ciudad a la que había llegado hacía solo unas horas, también conocía otros lugares de citas. El Parador de Gibralfaro, de excelente comida y que parecía estar gestionado por los sindicatos; aquellas incursiones nocturnas en Frutos, con ese steak tartar inolvidable… y ahora le había prometido su viejo compañero sendos saltos en paracaídas en Caleja y Cavala, aunque le advirtió que había que pasar por los menús de degustación si no querían llegar a la habitación y abrir el frigorífico. Pese a la enfermedad y otras debilidades, parecía como si él le estuviera rindiendo un profundo homenaje a todas las cocinas que había conocido y que quiso, con algunos fracasos estrepitosos, compartir con ella. Se puso en pie, ajustó su mascarilla y se dirigió al servicio sin preguntar siquiera dónde estaba.

Mientras, en la mesa, su compañero recitaba de memoria aquellos títulos de los maestros Néstor Luján, Xavier Domingo…, de todo hace ya demasiado tiempo. Y recordó, también, esos versos de Miguel Hernández en Oda a la higuera:

Abiertos, dulces sexos femeninos,

o negros, o verdales:

mínimas botas de morados

vinos,

cerrados: genitales

lo mismo que horas fúnebres

e iguales…