Lunes. Echamos el aperitivo en el mercado de Atarazanas. Hay un sol decidido que hace brillar la copa de cerveza. Los mercados son unos de los latidos de la ciudad. En el interior, ha disminuido el tráfago, el bulle, bulle. Algunos puestos cierran. Un hombre de avanzada edad trata de clausurar por hoy su pescadería y en un puesto de encurtidos una pareja descompensada adquiere aceitunas escrutando el género como quien va a realizar la transacción de su vida. Pasa un amigo, hola qué tal; va aún colgado al teléfono, cerrando la primera parte de la jornada. Nos recomienda una tienda de quesos. Fuera, en las mesas, llegan los mejillones al vapor y los boquerones en vinagre. La felicidad va aterrizando en el estómago y en el ánimo. En otra mesa alta cercana, una mujer bebe tinto y pela gambas cocidas de buen tamaño, gambas frescas, de aquí al lado seguramente. Se le nota el linaje señorial. Solamente hay una cosa mejor que un aperitivo: leer sobre los aperitivos. En Italia, hace años que hizo fortuna en algunas regiones la apericena, el aperitivo de la cena. El término, y el hábito, tuvo tanto éxito, apericena, que fue incluido en el Diccionario de la lengua italiana Zingarelli en el año 2011. Yo la apericena la practiqué bastante en casa durante el confinamiento. Quién le iba a decir a esta sociedad que algunos días, abrir una lata podría constituir el gran momento de la jornada. Las de berberechos no están mal.

Martes. Leo en un ensayo de Víctor Vázquez sobre José Bergamín que «creer en la paradoja no es creer en la mentira, sino en una forma de pensamiento que no renuncia a una armonía de fondo, ya sea esta misteriosa». Y todo el día ya cavilando sobre el asunto.

Miércoles. La cosa es qué picar con el debate. La apericena, claro. Las aceitunas y las patatas son como de final de Copa del Rey. Así que mejor una gildas y jamón. Un día eres joven y al siguiente te hace ilusión todo el día el hecho de que haya un debate en la tele a la noche. De unas elecciones en las que no puedes votar. Me empiezo a imaginar desnudos a todos los debatientes ya antes de pegarle al vino. Se echan los muertos a la cara, sobre todo dos de los que han tenido responsabilidad en (no evitar) el holocausto que se ha vivido en las residencias. De Madrid y de España. Para mi gusto se insultan poco. Poca imaginación en el vestuario. Nadie habla de filatelia. El presentador es como robotizado, aunque estoy yo para criticar presentadores. Aguanto bien una hora, algo fatigado, acusando en la espinilla alguna entrada dura. Pero para el descanso no puedo más. Pido el cambio. El mando viene a mí y no sé si darme a la ciencia ficción o al balonmano. Finalmente caigo en Andaluces en el mundo o Españoles por el mundo. O similar. Hay un tío encanijao que dice que pese a que se llegan a alcanzar los quince grados bajo cero se vive muy bien. No sé a quién quiere engañar.

Jueves. Me mensajeo con el gran Domi del Postigo. Como él mismo ha publicado en sus redes, anda «de chapa y pintura hospitalaria». Le duelen a uno cosas en el cuerpo cuando en el cuerpo de un amigo se cuela el dolor. No sé si es empatía o que soy hipocondriaco. Espero su alta pronto. Le puede servir de material literario la experiencia. Los buenos artistas son así. De momento, se ha cascado un nutritivo textazo en su blog sobre el debate de Madrid. Me imagino a Domi atildado y elegante, como suele, con el doctor diciéndole, joven, tiene usted un saludable polifacetismo. ¡Salud !

Viernes. Tengo una fe quebrantable en los viernes. A media mañana me pongo los zapatos. Dice la ciudad que es primavera. Y mañana, sábado.