5 de abril, 20.08 hrs. Mónica García (a Monasterio). «¿Sabe quién viola, quién asesina y quién acosa sexualmente? Los hombres».

6 de abril, 11.21 hrs. La munición estaba sobre la mesa y, por supuesto, la había elegido para despistar. La cajita de cartón incluía 20 cartuchos, del calibre 280, de Remington. Además, utilizaría una plantilla para falsear la letra, y su cara no aparecería en ninguna grabación de una cámara de seguridad, ahora con las mascarillas lo tenía más fácil. Había visto mucho cine temático, pero también se había pasado bastantes madrugadas buceando en las aguas oscuras de internet. Nunca fue un profesional, y lo sentía demasiado. Tuvo que ganarse la vida como administrador de fincas. Lo que no sabrían nunca los destinatarios de estos sobres A-4 acolchados es que él no votaba y que, incluso, le gustaban algunos de los candidatos, eso sí, por razones distintas. Por ejemplo, aquella letra de Rita Maestre, «arderéis como en el 36», o también la de Iglesias «hay que politizar el dolor y convertirlo en propuestas para transformar la realidad», y las de Abascal «nos salvará Móstoles, no Bruselas», o «antepongo la emergencia social a la climática». Él era un coleccionista, de armas -blancas y orientales-, posters de cine, frases, pero, más allá, de recuerdos. Y sabía que esta campaña daba mucho de sí, aunque le sorprendía que no se supiese que Gabilondo había sido fraile antes que político, y que redactó dos catecismos desde el Sagrado Corazón, y que entonces le llamaban Cromañón, pero aquello era el pasado.

6 de abril, 17.11 hrs. Rocío Monasterio. «Aquí hay que elegir entre el toque de queda o la libertad».

Llegó a una boca de metro de la línea 5, a poca distancia del hospital Gómez Ulla, y se desplazó hasta el centro de la ciudad; ya tenía elegido el buzón y depositó los tres sobres. Embozado, solo tenía que buscar un ángulo muerto para revertir el chubasquero, soltarse el pelo y cambiar la máscara.

8 de abril. 14.15 hrs. Isabel Díaz Ayuso (a Iglesias). «Ha venido en taxi, una persona que va siempre con una corte, le ha faltado un coche para la niñera».

Pelaba una naranja con el cuchillo. Su sensación era de euforia contenida, más bien ese sentimiento difuso de que descargaba una pulsión largo tiempo contenida.

11 de abril, 19. 11 hrs. Pablo Iglesias. «Lo que defiende Vox no tiene cabida en la democracia, porque difunden propaganda filonazi y amenazan con deportar a ciudadanos por ser negros».

Su satisfacción estaba a medias. Se iba a dar el gusto de que su obra saliera en los periódicos, pero no su nombre y eso, inevitablemente, le restaba la visibilidad de su protagonismo, así tenía que ser si quería seguir siendo el mismo; podía ir a los toros, no estar ante la bestia.

12 de abril. 17.22 hrs. Edmundo Bal. «No se va a reeditar en la Comunidad de Madrid esa fotocopia del Gobierno de España que es auténticamente un desastre».

Desde pequeño había visto como sus compañeros de colegio se habían montado en el ascensor social, unos por papá, otros por una boda de conveniencia, aquellos por oportunismo…, ¿y él?, ¿no tenía ningún derecho?, bueno, él no se había atrevido a muchas cosas, sí, se confesaba un poco cobarde. Tenía para vivir, había renunciado a formar una familia y a mucho más. Y ahora veía cómo algunos habían llegado a la política para enriquecerse y vivían en casas que no eran producto de su trabajo, o que ella alcanzase la presidencia de la Comunidad solo porque estuvo en el momento y el lugar adecuados, y eso no le pareció justo, y rememoró aquel verso de Quevedo -se lo descubrió su padre-, donde hay poca justicia, es un peligro tener razón. Él no sabía a qué electorado iba a movilizar más con esos sobres cuando fueran detectados, pero como no trataba de beneficiar a nadie, sino de perjudicar a todos, le dio igual.

15 de abril, 18 hrs. Ángel Gabilondo. «Pablo, tenemos doce días para gobernar». Regresó a casa, estaba cansado, pero el trabajo estaba hecho desde hace días. Jorge Luis Borges lo dejó claro:

Me crucifican y yo debo ser la

cruz y los clavos.

Me tienden la copa y yo debo

ser la cicuta.

Me engañan y yo debo ser la

mentira.

Me incendian y yo debo ser el

infierno.

Debo alabar y agradecer cada

instante del tiempo.

Mi alimento es todas las cosas.