Lunes. Muy tempranito al auditorio Edgar Neville a participar en la tertulia del gran Jesús Vigorra en Canal Sur radio. Lleva uno en el cuerpo un café bebío, como decimos por estos lares. En ocasiones veo tostadas. Observo a un hombre por el paseo marítimo que camina a buen paso con chándal y unos cascos. Típico señor que lucha contra el colesterol, me digo. Tal vez dentro de un rato oiga el programa y mi voz le entre por esos cascos, que son grandes y coloridos. Estoy a punto de decirme a mí mismo también que esa es la magia de la comunicación, pero no me digo semejante cursilada a ver si voy yo a estas alturas una mañana fría de lunes a descubrir la comunicación y su magia. Ceso mi monólogo interior para guardar palabras que pronunciar en la radio. Cuando todo termina sigue siendo muy temprano. Ventajas de madrugar sería un buen título para un libro de cuentos. El lunes se abre ante mí lleno de posibilidades. No sé si tengo la satisfacción del deber cumplido o sueño. Tan temprano. El hombre del chándal quizás se esté ahora duchando. Más informado.

Martes. Pues está lloviendo. No sé si la lluvia es un acontecimiento digno de consignar para el diarista, un fastidio o algo lógico en abril. Pero el caso es que llueve cada vez más fuerte. Me veo con la manta en el sofá y un libro. Y no me veo mal. Tal vez sea esta ya una de las últimas tardes de fresquete e inclemencia meteorológica antes de los semicalores, los calores y la canícula. El paseo vespertino queda abortado. Cualquiera sale. Me hago un café. Vuelvo a la manta, manta delgada, y al sofá. Se va acercando la hora de escribir la columna. No sé si escribirla sobre la fractura del PSOE andaluz o acerca de cómo las gotas de lluvia mojan las jacarandas en lo que pareciera un llanto de estas por su atrevimiento al florecer tempranamente. No sé.

Miércoles. La Junta de Andalucía dicta nuevas normas. Lo de poder estar en local hostelero hasta las once menos un minuto siempre que a las once estés en casa es un guiño a esa entrañable institución que es ‘el bar de abajo’. Qué sería de esta civilización sin el bar de abajo. Voy al bar de abajo a comprar tabaco. En el bar de abajo confraternizan los vecinos, se ven partidos de fútbol, se amarran negocios, se negocia el toldo de la comunidad, el niño merienda. El sonido de la tragaperras se va contigo a casa y el encargado del local te fía la caña, mañana me la pagas. Se sube a veces uno unas croquetas del bar de abajo y en el bar de abajo te venden un poco de leche a deshoras a ver si el pequeño deja de berrear. El bar de abajo es una institución que se pierden los que han optado por el adosado o la periferia. Al bar de abajo lo mata un poco el teletrabajo, que apea al oficinista del menú del día; lo mata la crisis, el virus, el chino que abre más horas y ciertos cambios de costumbre. Resistirá. Y es imbatible como prolongación del salón a veces: juntas allí a los conocidos pero luego no tienes que limpiar la porquería que dejen. España ha progresado desde que en el bar de abajo el suelo no está cubierto de cáscaras de gambas, lapos, palillos y servilletas. El bar de abajo hace de club social para el jubilado, que juega al mus o al dominó. Yo he tenido muchos bares de abajo. Aquel de Madrid en el que veía los partidos del Canal Plus los domingos por la tarde. Tantos. El bar de abajo de la Facultad, pásame los apuntes. El del desayuno antes de currar. El de ahora es el Framil. Bajo un momento.

Jueves. Qué gran documental sobre Palomares en Netflix. Recuerdo que este verano zascandileamos cerca. Glorioso arroz en Carboneras.

Viernes. Largo paseo por la playa. Me gustaría volar una cometa.