Entre mil y un fotogramas cinematográficos que conservo en la retina y en el corazón, atesoro el de aquella escena de Los intocables de Elliot Ness en la que un grandioso y lacrimógeno Capone, Robert de Niro, se quebraba, emocionado, frente a la interpretación de la fabulosa aria Vesti la giubba, mientras que, paralelamente, en otro escenario menos artístico, un sicario a sus órdenes acribillaba a tiros al no menos grandioso Jim Malone, interpretado por Sean Conery. “¡Te ríes, payaso!”, clama el aria, “¿acaso eres un hombre? ¡No!, eres un payaso”.

Risa y quebranto. Así, desde este mismo espíritu, lo refería igualmente fray Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa, cuando, desde las argumentaciones de Sinesio de Cirene, ponía de manifiesto que la divinidad había combinado armoniosamente lo cómico y lo trágico. Sin embargo, pese a lo natural de la relación, la distancia entre risa y llanto es tan extrema y tan mínima que, cuando ambas realidades confluyen en un mismo epicentro, el resultado de la colisión se torna inesperado.

Hace tan sólo unos días que la prensa anunciaba la muerte de Juan Joya Borja, el Risitas. Sin duda alguna, la risa se alza como una de las armas con las que el ser humano emerge como tal en su lucha contra las penurias. Y, si esto no es así, que levante la mano aquel que, a cuenta de cualquier anécdota, no haya roto a reír en mitad de un velatorio. La risa, independientemente de su sano disfrute y porque sí, nos apuntala y nos sostienen parcialmente frente a la desdicha; no soluciona los dramas, pero nos levanta del suelo, nos ayuda a tomar aliento y calma parcialmente la sed del camino.

Hay quienes, sin gracia ninguna, pretenden hacer de la risa su profesión a costa de un esfuerzo sobrehumano por adquirir lo que por natura no les ha sido concedido. Otros, sin embargo, llevan la gracia en la sangre y así la van regalando a todos aquellos que se encuentran a su paso. El Risitas, ratón colorao donde los haya, en el sentido más cariñoso del término, rezumaba la gracia sin esforzarse. Para sonreírse y carcajearse con él, nunca de él, tan sólo bastaba escucharlo, hablar de cualquier cosa, dejar que te iluminara el rostro a costa de un infinito anecdotario de vida donde la risa afloraba en lo cotidiano, ya fuera fregando paellas o cargando sacos de cemento. “Cuéntate algo, Risitas”, y no hacía falta más. Risitas nos hacía reír sin escenario, sin sketch, sin gags, sin ensayo general; Risitas nos hacía reír desde la vida misma, relatando sublimes episodios en los que, no pocas veces, ya se dejaba entrever el drama de la soledad. Y aunque el inesperado pico de un relativo éxito momentáneo le hizo coquetear con el cine de la mano de Santiago Segura, será la mesa de Quintero el indubitado lugar desde el que tallará su recuerdo en la piedra de nuestra memoria.

El drama de su partida, sin embargo, no es tan risible. Algún titular de estos días rezaba lo siguiente: “Nadie reclama el cuerpo del Risitas: la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla se hará cargo del entierro”, habida cuenta de que el fallecido carecía de recursos económicos. Y si toda muerte en soledad nos deja el poso de una tristeza especialmente lacerante, en el caso de Juan Joya sumamos a dicho sentimiento esa indescriptible sensación de no saber cómo gestionar interiormente su drama vital con lo recibido a cambio. Podrán morir pintores, cantantes, escritores o poetas, muchos de ellos, quizá y también, desde el abandono; pero el quiebro que supone este escenario frente a aquellos que nos regalan la risa y cuyas vidas, detrás del maquillaje, tan sólo muestran la soledad del vacío me genera una indescriptible sensación muy difícil de encajar. “¡Esfuérzate! ¡Eres un payaso! ¡Ponte ese traje y empolva tu cara!” Y es que no hay más que un paso, quizá, entre el payaso alegre y el payaso triste. A fin de cuentas, “¡la gente paga porque quiere reír!” Por mucho que la risa pueda emerger desde lo cotidiano, en ocasiones, es también esa misma cotidianeidad la que nos hunde, mientras que el respetable, nosotros, apenas sabemos nada. “¡Transforma en risas tu tristeza y tu llanto! ¡En una mueca los sollozos y el dolor!”.