Spotify acabó cierto día con esa radio musical que durante medio siglo había sido capaz de convertir en clásicos a miles y miles de grupos y solistas. En la era del «usar y tirar», en el océano de información que a diario nos baña, casi nada permanece salvo el plástico de nuestros mares. Pero esa es otra historia.

Por mucha nostalgia que generen los modelos de la antigua industria musical, los contenidos a la carta son los que ahora priman. Con sus ventajas e inconvenientes. No hay más. Si Spotify te permite, siendo un auténtico desconocido, sonar con tu música hasta en las antípodas, también te facilita disfrutar de podcast tan interesantes como el que periódicamente edita el exfutbolista inglés Jamie Carragher.

El defensa que superó la barrera de los 700 partidos con el Liverpool y que ejerció de fiel escudero del mítico Steven Gerrard, como segundo capitán, reúne en The Greatest Game (El Mejor Juego) a algunos de los nombres propios del planeta balompédico.

Hace unos días charló durante casi una hora con su excompañero de vestuario Xabi Alonso, que aún en activo, por cierto, nos deleitó durante años y a través de su cuenta en Twitter con multitud de joyas musicales (demostrando capacidad para haberse labrado su propio camino como pinchadiscos).

El exmadridista le confesó su peor noche como jugador: «El partido en el Camp Nou que perdimos por cinco a cero. A los veinte minutos del partido confieso que quería irme, marcharme ya a casa, ducharme y volver. Fue tan doloroso que nos dio una gran determinación para lo que vino después».

Todos los grandes éxitos están cimentados en derrotas y más derrotas. Aprendemos de ellas, como en tantas ocasiones hemos repetido aquí, y son los halagos, después de cada victoria, los que tienden a debilitarnos. De nuestros peores momentos, no podrán negármelo, hemos obtenido algunas de las mayores determinaciones.

La fortaleza psicológica que con cada traspié vamos labrando, esa que nos hace más determinantes y que nos permite brillar hasta en las peores circunstancias o escenarios, se puede entrenar de muchas maneras. Personalmente recomendaría, con el lógico entrenamiento previo, ciertas competiciones deportivas individuales.

Las disciplinas colectivas confieren infinidad de virtudes en nuestro desarrollo como personas, pero mentalmente siempre vamos a poder escudarnos en el resto del equipo cuando las cosas no pinten bien. La autocrítica no tendrá la misma naturaleza en esos momentos en los que, más allá del preparador, no encontremos a nadie a quien culpar de nuestro fracaso.

Al escuchar las confesiones de Xabi rememoré mi peor momento en una cancha. Y seguro que cada uno de los que hemos tenido la suerte de practicar deporte desde muy pequeños, aunque sea en una simple liga escolar, guardamos alguna mañana o tarde grabada a fuego. En mi caso fue durante una competición local de tenis, en la que una única categoría te medía a la veterana más labrada en este deporte como al adolescente con mayor talento emergente.

No fue una buena mañana. Para qué engañarnos. Consciente como en anteriores duelos tenísticos de que hasta con los peores números siempre es posible la remontada, aquel día no había manera humana de cruzar una bola buena (ni con el mejor de mis golpes cortados) ante el mayor frontón que había conocido mi raqueta.

Quería irme, marcharme a casa, volver. Desaparecer de aquel torneo. Hasta se me pasó por la cabeza no volver a jugar un partido de tenis. Fueron dos «roscos». Dos sets en un abrir y cerrar de ojos que para mí fueron, sin embargo, interminables. De aquella mañana saqué, a mi manera, mucha determinación. Empecé a recibir clases y hasta logré, pasado un tiempo, sobresalir en ligas menores. Lo que vino luego, importa menos.