Siempre es y será tiempo de periodismo. Este año, la pandemia de Covid-19 nos ha mostrado sin embargo la necesidad imperiosa de recuperar la buena praxis periodística. La crisis sanitaria ha puesto al descubierto lo mejor de esta profesión, en la que también ha habido sombras, pero destaquemos lo que debemos celebrar en este tres de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa, para reflexionar después sobre los males que amenazan el significado de este día, que son graves.

Lo más gratificante ha sido constatar el arrojo de miles de compañeros y compañeras que, aun a riesgo de su salud, antepusieron el periodismo a la seguridad frustrante del confinamiento. El buen profesional se crece en momentos de dificultad y la necesidad y demanda de una información veraz y rigurosa despertaron lo mejor de cada uno de ellos. Este día lo instauró la Unesco para rendir tributo a los periodistas que, por decisión profesional, ponen en peligro sus vidas en el esfuerzo de informar en libertad, por lo que este tres de mayo lo pueden celebrar los muchísimos compañeros que han cumplido sobradamente con estos objetivos.

Ciertamente, la cobertura informativa de la pandemia se ha hecho en condiciones de una dificultad sin precedentes y ha requerido de un enorme esfuerzo para no caer en la exageración y en el alarmismo que caracterizaron crisis sanitarias anteriores, como las derivadas de la gripe aviar, de la gripe A o del virus del Ébola. Los estudios realizados en las facultades de comunicación sobre el tratamiento informativo de esta pandemia destacan el aspecto divulgativo como principal característica. No obstante, también alertan de una alta dependencia de fuentes institucionales y de ciertos enfoques sensacionalistas, más frecuentes en la televisión, que distorsionan los contenidos y contribuyen a la confusión existente en muchos aspectos relacionados con la Covid-19.

El mayor consumo de información es otra de las noticias positivas de este año largo de pandemia. Los ciudadanos se han acercado a los medios de comunicación para buscar información veraz sobre la situación sanitaria. Un estudio realizado en la Universidad Ramón Llull, dirigido por Pere Masip, muestra que, tras la declaración del estado de alarma, el 78% de los ciudadanos ha buscado más información que antes de la pandemia.

Este mayor consumo de información ha originado también el incremento de las suscripciones en los medios digitales, aunque, lamentablemente, este impulso no se haya traducido en mejoras para la estabilidad laboral ni frenado las cifras de desempleo, que creció un 23 por ciento el año pasado. Cuando más se necesita el buen periodismo, mayor precariedad y paro hay en el sector. Cuanto mayor es el peligro del caos que genera la desinformación, menos armas potentes, como el buen periodismo, para combatirlo.

Existe una pandemia de desinformación simultánea a la del Covid-19, que abarca desde consejos perjudiciales relacionados con la salud hasta las conspiraciones mas descabelladas. El último Eurobarometro (2020-2021) subraya que un 83 por ciento de la población española encuentra a menudo noticias que, en su opinión, distorsionan la realidad o son directamente falsas. Los ciudadanos son conscientes, sin embargo, del peligro que esta realidad conlleva: un 86 por ciento considera que este tipo de noticias constituyen un problema para la democracia en general.

A la situación de precariedad del sector hay que sumar los crecientes intentos de deslegitimación de los medios, de descalificaciones e, incluso, agresiones que afectan a periodistas, coacciones a la libertad de información y censura. El derecho constitucional a la libertad de prensa y a la libertad de expresión está siendo vulnerado por quienes deslegitiman el papel de los medios, por los que no creen en la democracia y tratan de debilitar sus principios. Hacer periodismo en este momento de polarización exacerbada tiene una enorme dificultad, porque muchas personas no buscan la verdad sino reafirmarse en su pensamiento. Martín Baron, anterior director del Washington Post, afirma que estamos en un momento en el que la población quiere ser afirmada no informada, y acude sólo a los medios que tienen su mismo punto de vista.

La incertidumbre ante las noticias falsas, la falta de interés o de capacidad para discernir entre lo verdadero y lo falso y la polarización extrema contribuyen a incrementar la desconfianza en los medios. El Digital News Report.es (2020) señala que sólo un 36 por ciento de los internautas españoles confía en las noticias, lo que significa un descenso de 7 punto respecto al año anterior. El porcentaje se eleva apenas a un 42 por ciento cuando se refieren a los medios que consumen de manera habitual. Sin duda no ayuda la tendencia de anteponer la línea editorial a la verdad ni que los hechos se presenten de manera sesgada, con una finalidad claramente partidista. Si la polarización se impone también en los medios, los ciudadanos podrán reafirmarse en sus ideas, pero también sabrán que estos medios no ejercen el periodismo, solo hacen política.

El periodista debe encarar estas situaciones deplorables y mantenerse en los principios de la profesión. No debe callar, aunque la verdad sea impopular o despreciada o se sienta amenazado. Si calla, la libertad de expresión por la que tanto se ha luchado dejaría de tener sentido. Pero ¿cómo actuar contra la precariedad, la desinformación, la falta de credibilidad, los insultos, la polarización o la deslegitimación del papel de los medios?. El periodista debe explicar lo que hace, como lo hace y por qué. Es necesario que los ciudadanos conozcan la responsabilidad que asume y el impacto de su trabajo en la sociedad. La transparencia debe ser su principal objetivo. No debe esperar que se confíe en él, sino explicar por qué se puede confiar. Las herramientas de las que dispone le permiten una interrelación directa con los ciudadanos que no se están aprovechando suficientemente.

Desde las asociaciones de la prensa y otras organizaciones profesionales deberemos también contribuir a recuperar la independencia del periodismo y el respeto que se debe a una profesión esencial en democracia. Debemos defender la seguridad de los y las periodistas y hacer que las afrentas y agresiones que reciben no queden impunes. El Día Mundial de la Libertad de Prensa es una oportunidad para recordar a los gobiernos que es necesario respetar la libertad de expresión y para concienciar a los ciudadanos sobre los problemas que amenazan a la libertad de prensa y lograr que se impliquen en su defensa. Debemos proteger y honrar los valores y principios que hacen del periodismo un servicio público eficaz, y de la libertad de expresión y de la libertad de prensa un arma esencial contra el oscurantismo, la corrupción y las estrategias orquestadas de desinformación y deslegitimación de los medios.