El Día de Europa (el 9 de mayo) celebraremos algo muy importante: el milagro de la paz y la unidad del continente europeo. Como es sabido, esa fecha es el aniversario de la histórica declaración de aquel discurso que pronunció en París, en 1950, el entonces ministro francés de Asuntos Exteriores, el gran Robert Schuman. En él expuso sus ideas y sus teorías sobre una nueva forma de cooperación institucional entre las naciones europeas. Las propuestas del estadista francés son consideradas los primeros pasos que nos llevarían a lo que hoy es la Unión Europea.

Por lo tanto celebraremos mañana, Dios mediante, el Día de Europa. Día en el que suelo leer algunos fragmentos de las obras de un ejemplar pensador europeo, Santo Tomás de Aquino. Nacido en 1224 (o quizás en 1225) en el castillo de Roccaseca, entre Roma y Nápoles. El que fuera la luminaria fulgurante de la Universidad de París, además de ser un gigante universal del pensamiento y la filosofía, cuya sabiduría nos sigue iluminando. La iglesia llama a Santo Tomás de Aquino el Doctor Angélico. «Summa totius Theologiae S. Thomae Aquinatis Doctoris Angelici»...

Recuerdo que en mayo de 2011 se pudo rescatar en una planta de reciclaje de la ciudad de León uno de los tomos de una edición valiosísima de la ‘Summa Theologiae’, fechada en Roma en 1581. Aunque se perdieron sus hermanos restantes, triturados por el sistema de prensado del camión de reciclaje, las palabras y las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino siguen siendo indestructibles.

Deseo pensar que existe una bondadosa deidad que protege a los buenos libros. Aunque en esa ocasión sólo pudo salvar a uno de ellos. Deidad que nos suele mirar con benevolencia a los bibliófilos, pues sabe que amamos a los libros. Espero que ese tomo rescatado de la obra cumbre del Doctor Angélico (la que recoge la segunda sección de la segunda parte de la ‘Summa’, la ‘Secunda Secundae’) esté recibiendo los cuidados necesarios. Y que por supuesto recordemos a sus hermanos. Nunca desaparecidos. Con la resignación y la fortaleza a las que nos tienen acostumbrados las consecuencias de los actos propios de la humana condición.

Mañana me acercaré a mi modesta biblioteca. En ella reposan los cinco volúmenes de la ‘Summa totius Theologiae’. En una excelente edición en latín, de 1941-45, publicada por el Instituto de Estudios Medievales de Canadá. Obra ideal para los estudiantes que aspiren a convertirse un día en ilustres latinistas y que me regalaron hace tiempo unos buenos amigos de la Universidad de Heidelberg.

Durante los años oscuros de antes del cataclismo y de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, los que al final alumbraron una nueva Europa, en la Universidad de Lovaina coincidieron con el maestro, el cardenal Désiré-Joseph Mercier, un grupo de distinguidos intelectuales afines. Juntos buscaron una solución para el desafío que los tiempos modernos representaban para la filosofía tomista. Ya el maestro nos lo advirtió: «No sólo debemos dar lo que tenemos. También debemos dar lo que somos».

¡Viva Europa!