Me he blanqueado los dientes y debo estar un mes sin beber vino tinto ni café. Es algo parecido al infierno. Me pregunto cada mañana, sonriendo frente al espejo, si merece la pena seguir viviendo. Yo creo que la coquetería es una victoria sobre los días. Que la follabilidad es un derecho que nadie debería arrebatarnos. Yo no entiendo a esas personas que dicen que se arreglan para sí mismas, yo cada vez que me arreglo siento que lo hago para España entera. No hablo de sexo. No es algo tan vulgar. No es acicalarse para el coito, no es lencería ni perfume ni calzoncillos suaves ni pubis desmochado. Es algo más espiritual, es como tener una moto en el garaje pero preferir llegar a nuestra cita dando un agradable garbeo.

Es saber que uno aún tiene un paseíto en barca, una quedada en el cine, una invitación a un restaurante japonés caro. Luego que cada cual haga lo que crea conveniente: el indecente que se lance a la indecencia y el pulcro que eche la tarde en el Ikea. Pero si algo he aprendido leyendo el Hola es que la vida da más vueltas que el peo de un caracol y que hay que agarrarse a la belleza con honestidad y barbarie.

Me voy a apuntar a yoga para combatir el estrés que me producen los que me hablan del yoga todo el rato. Haga lo que haga, siempre siento que me estoy perdiendo algo. Escribo este artículo sacudido por una jaqueca que dura ya dos días. No me hago responsable de las barbaridades que pueda teclear esclavo del dolor y del aturdimiento. Hay gente que viaja a la India para conocerse a sí misma, yo leo el Hola. No hay mejor forma de entender la existencia de uno que comparándola con la de los demás. No sé qué dirán los psicólogos de esto, pero es mi fiesta y lloraré sólo si me apetece.

Cuando los ricos herederos, derrengados sobre sus hamacas de mimbre, filosofan sobre el desamor y el abandono, yo me siento reconfortado. La pena es menos cuando se comparte. Hay quien bebe para olvidar, yo bebo para acordarme. El vino es un médium que pone en contacto nuestro presente con nuestro pasado. No soy el hombre con el que soñé, pero tampoco con el que tuve pesadillas. La belleza es un camino hacia la simetría. La belleza es, según Valéry, lo que desespera.

Ponerse guapo es, para los que no somos guapos, una verbena íntima. Una fiestecilla doméstica. Toda casa honrada debe tener una sandwichera, un cepillo de dientes eléctrico y un espejo de cuerpo entero. Ahora está de moda presumir de origen humilde y para eso se supone que tenemos que disfrazarnos con ropa cogida a puñados del Carrefour. Yo recuerdo en mi barrio, que era innegociablemente humilde, cada viernes como un after work marbellí. Acabado el tajo, salían los chavales y las familias de punta en blanco. «Maqueaos», recuerdo, que no sé si ahora se dice. Colonizaban las terrazas y la plazoleta y luego los que tenían hijos se iban a dormir y los que no se iban a la discoteca.

Pero cuánta belleza en aquellas noches que presagiaban el verano. Vestidos suaves, pantalones acampanados, perfumes que reconocería en mitad de un mercado portuario. El sol desmayado en las chapetas. Las clavículas al aire. El amor en todas partes. La belleza no mira la cartilla. Patrones del Venca. Bronceador de zanahoria. Rozarse es trasversal.

Hagamos una pira con los leggins y las camisetas de Marvel. Lancémonos a la primavera con desvergüenza, sin solemnidad. Ahora que Díaz Ayuso nos ha manumitido, ahora que Moreno Bonilla nos ha desencadenado, ahora que los presidentes de nuestras comunidades de vecinos tampoco se plantean más derramas, ahora que la luz se cobija en nuestras nucas, ahora que las discotecas no nos obligan a bailar, es el momento de emperifollarse, de compartir helado, de mandar wasaps subidos de tono a orillas del mar.