Si nos remontamos a los más obscuros albores de la Edad Media – me gusta mantener el grupo bs- asistimos a la sacralización de la sociedad, de la vida y de la muerte. Se estaba preparando el camino para la prescripción teocéntrica del cosmos. Esto repercutirá en la forma de vivir y de pensar, también en la forma de morir. La constitución piramidal/estamental de la Humanidad en Occidente venía estrictamente determinada por el sistema teocéntrico que se había creado a la sazón. Aquello se desmoronó por una serie de turbulencias humanísticas y científicas y se pasó a un lógico y más razonable Antropocentrismo. El Antiguo Régimen parecía haberse superado. Con el estallido de la Revolución Francesa y la tardía llegada del Concilio II, doscientos años después, pareciera que se hubiere creado un nuevo sistema de vida occidental. Muchas han sido las guerras y los acontecimientos mundiales que han ido puliendo nuestro andamiaje ideológico: las dos guerras mundiales y la Revolución Soviética. Más sintético no se puede ser.

Todo esto ha sido el fermento que ha generado la situación en que nos encontramos.

La globalización ha favorecido el mono-cromatismo social, mejor dicho, el bi-cromatismo social, pues se ha configurado una suerte de polarización que se puede prolongar hasta el infinito, con sus exquisitas y dispares tonalidades intermedias: Oriente/Occidente; blancos/negros; heterosexuales/homosexuales; izquierdas/derechas; liberal/conservador; progre/facha; hombre/mujer; religioso/ateo, y así podríamos enumerar una sucesión de antónimos que nos dejaría exhaustos.

El nuevo sistema impele concienzudamente a que los individuos que lo integran se vayan posicionando/polarizando ¿para qué? Es hora de que piense usted.

Mi peregrina idea es que nuestra sociedad-sistema, actualmente, o el país donde convivimos se puede estructurar en tres secciones: Los políticos, los votantes y el pueblo. En definitiva esta es la idea de la demo-cracia: articulada siempre con las mismas polaridades, de lo contrario parece que no funcionaría como tal. De hecho, se han disgregado esas polaridades durante una etapa y de nuevo parece que vuelven a concentrarse, como un imán que atrae sus piezas dispersas para recomponer el puzle.

El político diseña nuestro modus vivendi, desde el Congreso y Bruselas -El espejo de Nostradamus vaticinó que nuestros gobernantes más próximos tan solo dirimirían nuestras fiestas de guardar- y esto no creo que sea tan grave o terminaremos matándonos vivos o arruinados/abolivariados con nuestra mísera peseta de antaño, tan venerada por los extremos de los extremos. Estos políticos pueden variar sus estrategias o sus puntos de vista sobre una cuestión, a lo que sus votantes, que siguen polarizados y normalmente no piensan, vuelven a apoyarlos, sin cuestionarse las contradicciones que encierran sus propios proyectos políticos. Ellos van a votar ciegamente, cual autómatas o leales adeptos de una secta. De hecho, hay medidas que antes apoyaban y al año siguiente las suplantan por las contrarias, con lo cual sus adalides apuntalaban las nuevas posturas, que antes eran repudiadas. Donde se aprecian estas confrontaciones de patio de colegio es en las RRSS, incluso en los medios de comunicación. Ha habido, por ejemplo, determinadas medidas anti-Covid que han virado de un lado a otro, con sus votantes/seguidores a la cabeza, gritando y agitando banderas de uno u otro color, en plan facha o progre, sin atender lo más mínimo a la unidad. Pero claro, si esto no sucedía, contradecíamos el principio de la polaridad, esto es, los votantes deben estar permanentemente polarizados y a la greña. Incluso, la salida de la crisis que se avecina, cuando se salga, si se sale, lo haremos a gritos, insultos y vejaciones varias. ¿Son los votantes el brazo ejecutor de las ideas de sus políticos por muy peregrinas que sean? ¿Son los que creen que piensan o creen que deciden si son sus políticos en última instancia o la red ideológica a la que pertenecen los que confeccionan su forma de pensar y decidir? ¿Está estructurado este sistema polarizado para que creamos que pensamos?

En último lugar, está el pueblo, integrado paradójicamente por esos votantes. Pero hablo del pueblo estupefacto, incrédulo, que se levanta cada día con ganas de prosperar y trabajar donde y como se pueda y que ‘pasa’ de esas trifulcas diarias y constantes que no sirven para nada, excepto para encresparnos mucho más y que la crisis que ya tenemos encima perdure y se enquiste, por culpa de esa asquerosa polarización, sostenida por sus políticos y ejecutada por sus votantes. La mayoría de ellos obedientes, dóciles y adiestrados por una carga ideológica tan intensa que les impide ser autocríticos. Son los que dividen a la sociedad en progres y fachas.

Entre tanto, otra gran parte del pueblo ahí sigue: estupefacta e incrédula.