Casi nadie en Estados Unidos recuerda la fecha en la que empezó la II Guerra Mundial. O la del ataque japonés a Pearl Harbor. O la caída del Muro de Berlín. En cambio muchos norteamericanos recuerdan perfectamente que el jueves 24 de octubre de 1929 fue el día del hundimiento de la Bolsa de Nueva York.

Por supuesto, casi nadie en Estados Unidos tampoco se acuerda de otra fecha mucho más cercana: la del viernes 12 de septiembre del 2008. Esa tarde, ante la posibilidad de un inminente colapso (“meltdown”) del sistema financiero norteamericano, el presidente de la Reserva Federal y el secretario del Tesoro dieron un ultimátum a los amos de las gigantescas instituciones financieras de la época, como Citigroup, Morgan Chase o Goldman Sachs. “Señores, hasta aquí hemos llegado.” Lo mismo había dicho un siglo antes el banquero J.P. Morgan a los hombres más poderosos de Estados Unidos. Estaban en su mansión de Manhattan y era el año 1907. El pánico financiero se extendía por todo el país. “Señores, hasta aquí hemos llegado”. La confianza del gran J.P.Morgan en sí mismo y en el sistema financiero norteamericano fueron entonces suficientes para ayudar al país a salir de aquella crisis que amenazaba al bienestar de millones de norteamericanos.

Nada parecido ocurrió esa tarde, hace escasamente algo más de doce años. En aquella reunión del 12 de septiembre de 2008, en el Banco de la Reserva Federal, era obvio que ninguno de los grandes banqueros allí presentes sabía exactamente cuál era la verdadera situación financiera de las gigantescas instituciones que ellos representaban. Ya que no se habían dado cuenta de la rapidez con la que la ingeniería financiera y la economía mundial habían evolucionado desde el colapso de Long-Term Capital Management, diez años antes. Y, por supuesto, nadie había pensado que el mundo que sufrió el crac de Wall Street en octubre de 1929 y la Gran Depresión que le siguió era en ese momento algo tan lejano e irrelevante como la época en la que Cristóbal Colón tomó posesión en nombre de la Corona de España de las playas de una exótica y hermosa isla caribeña.

Era obvio que nadie se había dado cuenta de que Wall Street padecía las consecuencias de un monstruoso vacío generacional. Un “generation gap” que les amenazaba como un agujero negro. Richard Fuld, el gran jefe de Lehman Brothers tenía en su haber una larga y sólida trayectoria en los mercados, llena de batallas tan duras como la crisis del petróleo en los años setenta, o el hundimiento de la deuda rusa o los problemas de las economías asiáticas en 1998. Pero en Lehman Brothers, igual que en los otros gigantes, todos se habían zambullido en una mágica galaxia, poblada de flamantes productos fruto de asombrosas ingenierías financieras, con rentabilidades inimaginables sólo diez años antes. Ni los grandes jefes de toda la vida, que personalmente ganaban millones gracias a los novedosos juguetes financieros, ni los jóvenes “traders”, que los manejaban, sabían verdaderamente lo que estaban haciendo. Y por supuesto no tenían ni idea de las consecuencias finales de la orgía especulativa en la que se habían instalado. “Si lo hubieran sabido, no estaríamos hoy en una situación como en la que nos encontramos”. Así lo aseguraba Mr Cawley, el fundador y presidente de la IDX Capital. La filosofía reinante era muy simple: “Ganemos todo el dinero que podamos mientras el sol siga brillando ahí fuera. Ya nos preocuparemos por los detalles más adelante”.

Sólo un genio de las matemáticas puras hubiera podido descifrar los mecanismos de aquellos derivativos que hundieron a Lehman Brothers o Bear Stearns. Pero cuando los doctores en matemáticas llegaron, era demasiado tarde. Sólo pudieron levantar el acta de las autopsias. Como nos contaba John K. Galbraith en su brillante historia del crac de 1929, los norteamericanos, hasta aquel 24 de octubre, todavía “confiaban en la competencia y las virtudes de los hombres que manejaban los grandes asuntos financieros e industriales”. Quizás por eso no pueden olvidar esa fecha.