En la sociedad moderna cuasi todo tiene un pero. De hecho hasta el mismísimo «pero», como conjunción, tiene su propio pero: pertenece a la familia de las conjunciones adversativas, que gramaticalmente hablan de separación, de divorcio, de enfrentamiento... Sin embargo, las conjunciones copulativas, que no son nada sospechosas de concupiscencia, aunque lo parezcan, hablan de unión, de asociación, de atadura... Piense, amable leyente, si alguna instancia superior le diera a elegir entre ser copulador o ser adversador en su próxima vida, ¿qué elegiría? Por mi parte, yo, más que claro, lo tengo clarísimo...

Los peros, como herramienta, se han convertido en un arma de incalculable valor estratégico en el circo político. Tanto, que bien merecería la pena trabajar seriamente para dar luz a la perología como rama científica y como grado de especialización y doctorado en las facultades de Ciencias Políticas.

–Nene, anda, no seas tímido, cuéntale al tito esa ciencia nueva que estás estudiando...

Lo apuntaba hace poco en esta misma cabecera: las prisas autoasumidas y la aberrante orientación del sistema mantienen al hombre enjaulado fuera de su propia jaula. Grosso modo, así lo expresó Paul Valery en la primera mitad del pasado siglo, basándose en unas circunstancias, entonces prefabricadas, que ya han adquirido carta de naturaleza y crecido de manera exponencial. Y ahí siguen, agigantándose a la velocidad de la luz, y desprovistas de freno.

De más en más, el materialismo es el fin de la obra del nuevo homo politicus, que como individuo tribual actúa para prostituir a la tribu, sin vaselina, obviamente. Y, en justa correspondencia, la tribu actúa orgánicamente para que el fin último de su magna entidad consista en prostituir al hombre, también sin vaselina, y, en este caso, además, refinando el proceso con abundantes unturas de arenilla. Las tribus políticas son el alma mater del perosadismo más depurado.

Conste que desde el principio vengo refiriéndome al «hombre masa» que explicó Ortega, ese que representa a las masas que se revelan, que nada tienen que ver con la multitud, esa sombría e ignara mar inabarcable en la que todos los populismos navegan haciendo gala de sus exóticas y morbosas realidades poliédricas. El pueblo del que nos hablaban los solucionólogos del s. XVIII, ahora es un mudo palabro bisílabo esculpido con el cincel de las incombustibles entelequias del «todo vale» y del «nunca pasa nada», propias de los problemólogos de nuestra era.

El individuo político, que simplemente por serlo sufre de peromegalia, como átomo representante de su tribu, es un perómano dependiente de sus perofilias, ya integradas y asumidas como hábitos socialmente normalizados en las tribus políticas de todas las cataduras. En el fondo, es como si el particular Catón de cada tribu, por vías multidisciplinares y variopintas, estuviera obligando al subconsciente de sus individuos tribuales a predicar sus particulares e incontestables verdades basadas en el acientífico aserto de que todo lo expresado por sus adversarios es una maliciosa cháchara cargada de oscura y maliciosa perotoxicidad. La peropatía severa de la política moderna consiste en ocuparse más de hacer visibles los peros del contrincante que de procurar remediar los propios.

La peroarquía, que por ahora es una morbosa ambición en cuarto creciente que se manifiesta de manera infusa en todos los ámbitos políticos, es fácilmente reconocible por su infinita variedad de perofilias propias bendecidas y de perofobias ajenas anatemizadas, cuyo resultado a la larga es imprevisible. De la misma manera que la peroarquía, sin proponérselo, ha venido a dar fe de que lo obvio, es invisible, estoy convencido de que la perología, valiéndose de sesudas investigaciones peroscópicas, además de explicar los peros ajenos, terminará explicando con descarnada soltura los propios.

–¡Que sí, créeme, que da igual lo que te prometan, no te lo creas, porque tras el cielo limpio que te cuentan los otros hay un sinfín de peros infernales, te lo digo yo... Tú no preguntes, simplemente créeme. ¿Que por qué...? Pues porque yo sé lo que digo cuando te hablo de los palos que con sus correspondientes grímpolas se ubican en las cabezas de los masteleros cuando les quitamos los mastelerillos de juanete. ¿Te ha hablado alguien así de claro...? Claro que no... Tú, para no tener que arrepentirte, simplemente vótame. Cree en mí. Yo soy el único perólogo doctorado suma cum laude que conoces...! ––El evangelio.

Y, naturalmente, con tamaña perorata evangélica, que va a hacer uno...