Qué maravillosas son las personas que te aman por tus cenizas sin siquiera saber cómo fue el incendio», frase compartida en Pinterest en 2016 por la revista literaria La Noche de las Letras. Premonitorio si lo llevamos a nuestra actualidad. Y digo premonitorio porque así ha sido la respuesta de la sociedad malagueña en cuanto supo del desafortunado incendio que asoló la librería Proteo Prometeo la madrugada del pasado 7 de mayo.

Los más trasnochados acabamos llevándonos a la cama la fatal noticia. En cuanto la conocí, prácticamente estaba siendo emitida en directo por Twitter (benditas redes sociales para estos casos), envíe un mensaje a Jesús Otaola interesándome por la situación y apenas hora y media más tarde, en torno a las dos y veinticinco de la madrugada me contestó. Y aunque lo hiciera en su siempre tranquila manera de conversar, a tenor de la hora y la inmediatez de la respuesta sabíamos que la situación era bastante compleja.

La espectacularidad de las llamas, el intenso humo y el proceder de los bomberos de Málaga, enhorabuena por su rápida intervención, nos conmovía a todos pero con una doble sensación. Por un lado la de la pérdida de un comercio tradicional en unos momentos tan complicado, y por otro la sensación de que se estaba perdiendo un trocito de nuestra Málaga imaginando figuras dibujadas por el humo en formas de letras e imágenes devoradas por las llamas lanzadas al infinito de los recuerdos.

Por fortuna, y aunque la propiedad estima en casi cien mil ejemplares perdidos, las nuevas tecnologías han podido salvar la mayoría de los libros y proyectos que almacenan desde hace más de cincuenta años.

Si algo ha conseguido el voraz fuego es levantar una capa impermeable de solidaridad elegante entre el mundo de la cultura y la propia sociedad malacitana. Porque quien no haya rezumado el olor de los libros por los pasillos de la librería no es de Málaga. Y así lo han sentido.

Además se está pasando por alto la labor cultural y social que Proteo Prometeo realiza y de la que me gustaría humildemente poner en liza con este artículo. Con ediciones del Genal son muchas las publicaciones que apenas tienen beneficio, por no decir ninguno.

Compromiso o solidaridad como puso en práctica su propietario Paco Puche restaurando una de las puertas que dan acceso a la ciudad amurallada de la Málaga Andalusí del Siglo XI, cuando en 2003 aprovechando unas obras en el establecimiento integró la Puerta de Buenaventura (Bab Al-Jawja) en el mismo y que desde entonces disfrutamos todos. Por cierto, vestigios de la muralla y la puerta que han conseguido superar los envites del fuego.

Y del mismo modo conocí a Jesús Otaola, ayudando, precisamente cuando el virus apareció en nuestras vidas y atacaba dónde más dolía, en la incertidumbre de todos. Fue a través de otro generador de sueños, el periodista, escritor y amigo José Antonio Sau promotor de la idea que teníamos entre manos para llevar a la realidad el libro solidario ‘Abrazos Prestados’ y ayudar a los que más lo necesitaban durante la pandemia. La respuesta fue inmediata y como gusta, sin objeciones, con buenos consejos y diligente. Hoy el libro sigue a la venta junto a todos los que la librería ofertaba y se pueden encontrar en su página web.

El pasado sábado tuve el privilegio encontrado, entre la historia y la desgracia, de visitar la zona cero junto al expresidente de la diputación de Málaga José María Ruiz Povedano, el escritor Guillermo Busutil, Jesús y Pilar Guerrero, también propietaria. Y aunque las sensaciones fueron compartidas en todo momento, tuvimos una clara conclusión. París, Barcelona, Venecia, Nueva York, etc. también han sufrido su infortunio cultural provocado por el fuego. Y como Notre Dame, El Liceo, La Fenice, San Sava, etc. Málaga, salvando las distancias pero con el mismo romanticismo, desde entonces cuenta con Proteo Prometeo.

Y haciendo el mismo paralelismo con la historia, un 7 de mayo se puso la primera piedra de la catedral de Barcelona, se inauguró el Palacio de Versalles o se estrenó la Novena Sinfonía de Beethoven. El mismo 7 de mayo que empezó a escribirse un nuevo capítulo del libro de la solidaridad, esta vez de los malagueños por sus libros.