Parece ser que la gente cada vez liga más diciendo menos. Será verdad eso de que una imagen vale lo que mil palabras; palabras mal juntadas en los chats de tomo y lomo abiertos a las ventanas digitales del flirteo colectivo. Está de moda gastar el poco tiempo que tenemos derrochando fuegos de artificio en las etéreas aplicaciones de citas. Siempre se dijo aquello de ‘tempus fugit’. En los ‘Tinders’, ‘Tindeters’ y otros ‘.com’ parece que sobran filtros y abunda el chafardeo. No es que no se charle, que se hace; lo que ocurre es que se expresa poco, mal y a destiempo. Y no solo en el terreno de la gramática, que es el ‘sinDios’ del Guardia Civil de ‘Amanece que no es poco’, obra cumbre del maestro Cuerda. En la semántica; la cosa empeora.

Una amiga -docente filóloga y claro, purista del tema- lamentaba el otro día comiendo que las apps de ligues, que viven momento dorados de ‘hurry love’, son un desastre en el que los atropellos al diccionario de la RAE se suceden como tiros al aire en los duelos del ‘Far West’. En fin, gatillazos ortográficos a los que nadie echa cuentas, pese a que todo el mundo es licenciado, pero que a un puñado de amantes del buen escribir y mejor pensar les baja mucho la libido. Lo entiendo. No es para menos. Una cara bonita puede ser una buena carta de presentación, pero si va seguida de un ‘mese’, ‘tese’, ‘xDios’; ‘exquisitas almóndigas’ o un ‘aquí tunbao’ en la terraza, está claro que ahí ya no hay nada que hacer. El atractivo debería comenzar por la boca -no en el sentido físico-fisiológico; sino en el de la correcta oralidad idiomática-. Si el maestro Galdós, ese que escribía cartas subidas de tono a Emilia Pardo Bazán en las que le expresaba su deseo por acariciar sus senos -no los de la frente- en un impecable castellano plagado de audaces giros; levantara la cabeza, un artículo como éste se quedaría corto para narrar los hechos. Lo haría con la gracia, corrección y concisión que caracterizaba a esos tipos de largo ingenio que sabían perfectamente que ‘por la boca vive el pez’.

Algo parecido pensaría Gloria Fuertes, esa ‘mujeraza’ libre a la que todos conocemos por su prolífica y excelente carrera narrativa, pero que, como todo ser humano, ligaba y atraía y lo hacía a base de bien. Impecable e implacable con el diccionario; genial y divina. Una diva de las letras que suplía alguna que otra convención estética con el don de la palabra; seguramente la herramienta erótica más potente que hayamos conocido desde los tiempos de ‘La Iliada’ y ‘La Odisea’. Sus viajes de Vespa, pañuelo y melena al viento, en los que derrochaba simpatía más allá de las andanzas de los personajes de rima, evidencian que el atractivo -que lo tuvo al principio de los tiempos- no es un inventario de fotos corridas a cámara rápida y a golpe de bits.

Adaptarse o morir. No sé yo si al final vamos a preferir lo segundo; al menos sentimentalmente hablando. Móvil de noche; móvil de día, smartphone en el baño; conversaciones de tontería. La mayoría de la gente se ha plegado tanto a este formato y ha comprado de tal manera el discurso de los ‘Tinders’ o ‘Meetics’ que casi ni lee -no hablemos ya de la corrección gramatical y del sentido de las oraciones -léase comprensión lectora-. Se tiran al monte en plan comando ante el primer guiño de ojo que igual es un pixel muerto lanzado por un zíngaro de los Urales con conexión de Red antediluviana. Me vais a perdonar la risa. El que esté libre de pecado que tire la primera carcasa.

Otra de mis amigas, una que viene de esa generación de personas de carne y hueso que miraban de reojo al moreno de al lado; y que esperaban al clásico ‘estudias o trabajas’, copa en mano y baile verbenil al paso, añora las veladas sin segundas oportunidades en las que uno se jugaba el todo por el todo en una frase con tonteo hilada en fino y convertida en un verdadero salto de fe al vacío. Supongo que a los de mi generación, que para bien o para mal, nos encontramos en esa tierra de nadie que nos priva del nativismo digital al que nos hemos entregado a prisa y corriendo, pero que nos impide olvidar los torpes flirteos de los conciertos de Danza Invisible, Fito o ‘Los Escarabajos’, no nos va ni una cosa ni la otra. Como barcos de seducción a la deriva, no sabemos muy bien donde poner ni la música ni la letra. Al igual que el genio Battiato, que se nos acaba de ir, queremos asirnos al ‘Centro de gravedad permanente’ que nos permita danzar como ‘Zangaros del Desierto’. Todo no se puede tener. Al menos yo, me quedo con la gramática. Escribir, comer y soñar, todo es empezar. A ver si me entiendes.