Cada vez más niñas y adolescentes desean adecuar su físico real a su imagen virtual, la que obtienen jugueteando con los llamativos filtros que ofrecen las aplicaciones de uso juvenil más frecuente, la que comparten por las redes sociales. Y para hacerlo se plantean el recurso a la cirugía estética, nada menos. Es la principal y más inquietante conclusión de un artículo publicado en castellano por la MIT Technology Review que se titula Auge y toxicidad de los filtros de belleza en las jóvenes.

El asunto no es nuevo, y en los Estados Unidos se ha estudiado en profundidad. Se trata de los llamados filtros faciales de realidad aumentada, y son la distracción principal de las jóvenes usuarias de Instagram, Snapchat o TikTok. El problema surge cuando las chicas se miran al espejo real y la imagen que les devuelve les gusta menos que la que acaban de ver en la pantalla de su dispositivo móvil, filtrada a su gusto. Entonces puede surgir un trastorno dismórfico corporal, que las induce a operarse -o a querer hacerlo- para adecuar su rostro y su cuerpo a esa imagen ficticia pero maravillosa. Entre cinco y ocho millones de personas pueden sufrir esta patología en ese país, según diversos estudios.

Tirar del hilo de esta información conduce a un mundo asombroso. Los primeros investigadores académicos de estas nuevas tendencias sociales acuñaron el término ‘efecto Proteus’ para definir una forma de actuar en la que las personas adecúan su comportamiento a su imagen autorrepresentada, a la proyección que ellas mismas hacen de su identidad. Se habla de la «cultura del selfie», esa práctica contemporánea que prefiere vivir a través de una pantalla, sustituyendo la vivencia por la imagen, tan inmortal como efímera, destinada a comunicar al mundo el simple hecho de estar ahí. Una existencia indolora e insípida que va de foto en foto, con episodios ocasionales de muerte por estupidez o imprudencia.

Sin embargo, la cosa puede siempre ir a peor. Ya hay expertos que se refieren a la ‘Snapchat Dysmorphia’, esto es, al recurso extremo a la cirugía plástica para dar más luminosidad a la cara, conseguir ojos de gata, modular los pechos aún en crecimiento, alcanzar una imagen perfecta sin filtros. Janella Eshiet ha escrito una tesis contundente sobre este conflicto entre el yo real y el yo de las redes sociales. En este mundo ficticio, poblado por niñas reales, hay gente sin escrúpulos ganando dinero de verdad. No es ningún juego, ni hace la menor gracia.